Cobra Silenciadores Caceria-jerry
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  1. #51
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    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

  2. #52
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    NO RECOMENDABLE LA SOMBRA..............

  3. #53
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    Como decia el piporro, se avento compañero, se avento, es una muy buena narracion, a por cierto "girtaba Francisco Villa, donde te allas Argumedo, porque no sales al frente tu que nunca tienes miedo"
    "En la MUERTE nos reconciliamos"

  4. #54
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    y anecdotas mas triviales? a ver alguien del DF, me dicen que hay un restaurant-cantina donde en el techo hay un hoyo de un tiro que se le fue al general.

    estaría bueno subieramos los documentos que algunos tenemos como esa cajetilla de cigarros, etc.

    yo tengo una carta que le hicieron a un bisabuelo como un tipo "constancia" por las batallas en la que participó cuando fue dorado de Villa, entre ellas las 2 de Torreon
    "Toma, pues, tus armas, tu arco y tus flechas, y ve al campo a cazarme algún animal" Génesis 27:3

    "Shoot straight My Friends" (Fred Eichler the most interesting bowhunter in the world)


    pon@mexicoarmado.com

  5. #55
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    Creo que alguna vez abri este tema, casi me la hinchan....... puros pininos negativos de lo que hablaron, pero solo me pregunto
    unos dicen que robaba, y hoy dia quien aventara la futura piedra.....


    I DESTROY MY ENEMIES WHEN I MAKE THEM MY FRIEND´S.




  6. #56
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    en mi humilde opinion, yo quiero pensar que como villa, hubo muchisimos otros heroes verdaderos que ni siquiera salieron a relucir sus nombres, a lo mejor quiensabe mucho mejores que villa, solo que a los mexicanos y a todo el mundo nos gusta escuchar o leer siempre sobre algun personaje "superior" o "increible" o con algun "poder superior" al de cualquier gente, pero en la historia real quiensave como haya estado la cosa, por que solo es lo que nos han contado, y algunos de aqui no me van a dejar mentir sobre que hace no mucho tiempo salio en las noticias que la historia de mexico que nos pusieron en los libros de la escuela y todo eso NO es real, sino que es simplemente lo que les digo, que la escribieron bonita y con heroes y todo como en los cuentos (porque es lo que nos gusta escuchar) y que la historia real es otra. desde entonces yo no estoy seguro de nada, por eso no dudo que el sr. DOROTEO ARANGO haya tenido sus herrores y aciertos(como cualquier gente) pero yo como nunca lo trate... no aseguro nada, hora que si quieren un CUENTO de VILLA bien bonito Y bien ilustrado (solo para ver una historia bonita) pues yo prefiero las peliculas de mi idolo PEDRO ARMENDARIZ una se llama "ASI ERA PANCHO VILLA" y la segunda parte se llama "CUANDO VIVA VILLA ES LA MUERTE" saludos!

  7. #57
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    Probablemente muchos de nuestros héroes sean ficticios o no lo importante es tenerlos que importa si fueron malos o buenos, a lo que me refiero es lo siguiente lo realmente importante es tener un ideal por el cual luchar y si estas historias fabricadas sirven para un bienestar patriótico pues que bueno lo más importante para mí de las historias del General pancho Villa y muchos más héroes de la época de la revolución y antes de la Independencia de nuestro país, es que despertaron en mí el amor a la patria lo único que yo les puedo decir es que yo realmente amo a mi país gracias a la historia que se da a conocer, aun conociendo la otra cara de la moneda.
    Saludos y buenas tardes excelente tema.
    Conseguir cien victorias en cien batallas no es la medida de la habilidad: someter al enemigo sin luchar es la suprema excelencia.

    激しいイノシシ

  8. #58
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    Cita Iniciado por Pon Ver Mensaje
    y anecdotas mas triviales? a ver alguien del DF, me dicen que hay un restaurant-cantina donde en el techo hay un hoyo de un tiro que se le fue al general.

    estaría bueno subieramos los documentos que algunos tenemos como esa cajetilla de cigarros, etc.

    yo tengo una carta que le hicieron a un bisabuelo como un tipo "constancia" por las batallas en la que participó cuando fue dorado de Villa, entre ellas las 2 de


    Torreon
    En 1876 nació, como un café más en la calle de 5 de Mayo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, el negocio que, hacia los años treinta del siglo XX, después de agregarse una barra, se convertiría en la famosa cantina La Ópera. En el techo de este lugar aún se pueden advertir los impactos de bala que, de acuerdo con la tradición, disparó Pancho Villa durante su visita a este negocio en 1914. El negocio está abierto de lunes a sábado de 13:00 a 24:00 hrs.; domingos de 13:00 a 18:00.

    La famosa fotografía de Francisco Villa y Emiliano Zapata en el Palacio Nacional en su visita a la Ciudad de México, fue tomada por el fotógrafo Agustín Víctor Casasola alrededor del año 1914. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Fotografía en Pachuca, donde es posible admirar ésta y otras fotografías de Casasola, quien es reconocido por su labor pictográfica durante la Revolución Mexicana.
    [B][I was born standing up. I don't take no orders from no kind of man I'm only made out of flesh blood & bone Because I'm evil so don't you mess around with me ☠☠/B]

  9. #59
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    A L OS D I E C I S I E T E A Ñ OS DE E D A D , D O R O T E O A R A N G O S E C O N V I E R T E EN P A N C HO V I L L A Y
    E M P I E Z A LA E X T R A O R D I N A R I A C A R R E R A D E S U S H A Z A Ñ A S .
    La hacienda de Gogojito- Don Agustín López Negrete y Martina Villa.- La cárcel de San Juan del Rio.- Los
    hombres de Félix Sariñana.- La acordada de Canatlán en Corral Falso.- El difunto Ignacio Parra y el finado
    Refugio Alvarado.- La mulera de la hacienda de la Concha.- Don Ramón.- Los primeros tres mil pesos.- El
    caballo del señor Amparán.
    El 94, siendo un joven de diecisiete años, vivía yo en una hacienda que se nombra Hacienda
    de Gogojito, perteneciente a la municipalidad de Canatlán estado de Durango.
    Sembraba yo en aquella hacienda a medias con los señores López Negrete. Tenía, además
    de mí madrecita y mis hermanos Antonio e Hipólito, mis dos hermanas: una de quince años y la
    otra de doce. Se llamaba una Martina, y la otra, la grande, Marianita.
    Habiendo regresado yo, el 22 de septiembre, de la labor, que en ese tiempo me mantenía
    solamente quitándole la yerba, encuentro en mi casa con que mi madre se hallaba abrazada de
    mi hermana Martina: ella por un lado y don Agustín López Negrete por el otro. MI pobrecita
    madre estaba hablando llena de angustia a don Agustín. Sus palabras contenían esto:
    -Señor, retírese usted de mi casa. ¿Por qué se quiere llevar usted a mi hija? Señor, no sea
    ingrato.
    Entonces volví yo a salir y me fui a la casa de un primo hermano mío que se llamaba
    Romualdo Franco. Allí tomé una pistola que acostumbraba yo tener colgada de una estaca,
    regresé a donde se hallaban mi madrecita y mis hermanas y luego le puse balazos a don Agustín
    López Negrete, de los cuales le tocaron tres.
    Viéndose herido aquel hombre, empezó a llamar a gritos a los cinco mozos que venían con
    él, los cuales no sólo acudieron corriendo, sino se aprontaron con las carabinas en la mano.
    Pero don Agustín López Negrete les dijo:
    -¡No maten a ese muchacho! Llévenme a mi casa.
    Entonces lo cogieron los cinco mozos, lo echaron en un elegante coche que estaba afuera y
    se lo llevaron para la hacienda de Santa Isabel de Berros, que dista una legua de la hacienda de
    Gogojito.
    Cuando yo vi que don Agustín López Negrete iba muy mal herido, y que a mí me habían
    dejado libre en mi casa, cogí de nuevo mi caballo, me monté en él, y sin pensar en otra cosa me
    dirigí a la sierra. Aquella sierra que está enfrente de Gogojito se nombra Sierra de la Silla.
    Otro día siguiente bajé hasta la casa de un amigo mío llamado Antonio Lares y le pregunté:
    -¿Qué tienes de nuevo? ¿Qué ha pasado con los tiros que le di ayer a don Agustín López?
    Él me contestó:
    -Dicen que está muy grave.
    Aquí han mandado de Canatlán hombres armados que andan en persecución tuya.
    Yo le contesté: -Dile a mi madrecita que se vaya con la familia a la casa de Río Grande.
    Y me volví a la sierra.
    Desde esa época no cesaron las persecuciones para mí. De todos los distritos me
    recomendaron para que me aprehendieran vivo o muerto. Me pasaba yo ahora meses y
    meses yendo de la sierra de la Silla a la sierra de Gamón, manteniéndome siempre con
    lo que la fortuna me ayudaba, que casi nunca era más que carne sin sal, pues no me
    atrevía a llegara ningún poblado, porque dondequiera me perseguían.
    Por mi ignorancia, o mi inexperiencia, en una de aquellas veces alcanzaron a
    cogerme entre tres hombres. Me condujeron a San Juan del Río y me metieron a la
    cárcel a las doce de la noche. Pero como las autoridades iban a hacer sus gestiones
    para ejecutarme, o más bien dicho, para fusilarme, porque ese era el decreto que estaba
    dado en mi contra en todo el Estado, a las diez de la mañana me sacaron de la cárcel
    para que moliera un barril de nixtamal.
    Yo entonces resolví libertarme de los hombres que me cuidaban. Les eché la mano
    del metate, con lo que maté a uno, y subí encarrerado por un cerro de los Remedios y
    que está cerca de la cárcel. Cuando le avisaron al jefe de la policía, todo fue inútil: ya les
    resultó imposible darme alcance. Porque al bajar al río, arriba de San Juan, encontré un
    potro rejiego que acababa de coger de las manadas, me monté en él y le di río arriba.
    Luego que me vi como a dos leguas de San Juan del Río, aquel animal ya cansado,
    me apeé de él, lo dejé que se fuera, y yo me dirigía buen paso a mi casa, que estaba
    cerca, río arriba, en el punto ya indicado de Río Grande.
    En la noche bajé a la casa de un primo hermano mío. Le comuniqué lo que me
    pasaba. Me dio su caballo, su montura y alimentos para algunos días. Y bien surtido ya
    con todo eso, me retiré a mis mismas habitaciones de antes, que, como ya he dicho, eran
    la sierra de la Silla y la Sierra de Gamón.
    Allí me la pasé hasta el siguiente año.
    Por aquella época yo era conocido con el nombre de Doroteo Arango. Mi señor
    padre, Don Agustín Arango, fue hijo natural de don Jesús Villa, y por ser ése su origen
    llevaba el apellido Arango, que era el de su madre, y no el que le tocaba por el lado del
    autor de sus días. Mis hermanos y yo, hijos legítimos y de legítimo matrimonio,
    recibimos también el apellido Arango, con el cual, y solamente con ése, era conocida y
    nombrada toda nuestra familia.
    Como yo tenía noticia de cuál era el verdadero apellido que debía haber llevado mi
    padre, resolvíamp ararme de él cuando empezaron a ser cada día más constantes las
    persecuciones que me hacían. En vez de ocultarme bajo otro nombre cualquiera,
    cambié el de Doroteo Arango, que hasta entonces había llevado, por este de Francisco
    Villa que ahora tengo y estimo como más mío. Pancho Villa empezaron a nombrarme
    todos, y casi sólo por Pancho Villa se me conoce en la fecha de hoy.
    Como decía, en la sierra de la Silla, o en la de Gamón, me la pasé hasta el siguiente
    año de 1895. En los primeros días de octubre me hicieron una entrega. Estando yo
    dormido en la labor de La Soledad, que está pegada a la sierra de la Silla, siete hombres
    me descubrieron y me agarraron. Alguno me había hecho la entrega, un tal Pablo
    Martínez, según luego supe. Y sucedió que cuando yo recordé ya tenía sobre mí siete
    carabinas, y todos aquellos hombres, a una voz, estaban pidiéndome rendición. Como
    yo me miré perdido, no hice más que contestara los siete hombres:
    -Estoy rendido.
    Y a seguidas les dije:
    -¿Para qué tanto escándalo señores? Vamos asando elotes antes que nos
    retiremos a donde ustedes me van a llevar.
    Entonces dijo el que la hacía de comandante, que era un hombre nombrado Félix
    Sariñana:
    -¡Q
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

  10. #60
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    ¡Qué miedo le vamos a tener a este pobre! Sí, señores: asaremos los elotes, almorzamos aquí
    con él y nos lo llevamos a presentar a San Juan del Río.
    Esto dijeron y esto pensaron hacer, porque desde el lugar donde me habían agarrado hasta San
    Juan del Río el trecho quedaba algo retirado.
    Yo comprendí bien cómo aquellos hombres iban a ponerme en manos de mis enemigos para que
    me fusilaran, pues sólo eso buscaban con tantas persecuciones. Teniendo, pues, yo mi caballo y mi
    montura como a cuatrocientos metros de allí, en unos recortes y dentro de unos surcos que no se
    alcanzaban a ver, y no sabiendo ellos que debajo de la cobija donde yo estaba acostado escondía mí
    pistola, y mirando yo que dos de los siete se habían ido a cortar los elotes, y otros dos a traer leña,
    con lo que tan sólo tres quedaban conmigo, tomé repentinamente la pistola y me les eché encima.
    Se acobardaron los tres y rodando se dejaron ir hasta el fondo de uno como arroyo. Yo entonces
    corrí a montarme en mi caballo, y cuando ellos, juntos otra vez, quisieron darme alcance, yo ya me
    encaminaba a media rienda hacia mis habitaciones.
    Conforme empezaba a trepar por la sierra, vi a lo lejos cómo ellos se quedaban en el plan y me
    miraban subir.
    Unos tres meses después de aquello me echaron encima la acordada de Canatlán. Mis
    enemigos eran sabedores de que yo me mantenía por los dichos parajes, y otra vez hacían su lucha
    para ver si me agarraban. Los de la acordada me hallaron al fin en un lugar que se llama Corral
    Falso. Pero como ellos no sabían la tierra, y el dicho corral no tenía más que una entrada, les hice el
    hincapié de que yo iba por otra parte. Todos se juntaron entonces a seguirme y para cogerme, y lo
    que sucedió fue que se me pusieron de blanco, con lo que les maté a tres rurales y algunos caballos.
    Acobardados, aflojaron en la persecución; y como luego dieran muestras de ir a retirarse por donde
    se me habían acercado, yo aproveché sus dudas para escapármeles por la única salida que había, y
    que ellos ignoraban.
    Entonces decidí cambiarme a la sierra de Gamón; y no teniendo con qué mantenerme me llevé
    doce reses, con las cuales me dirigí a una quebrada que está en la dicha sierra y que se nombra
    Quebrada del Cañón del Infierno. Me remonté hasta los meros picos de la quebrada. Maté mis
    reses a solas en toda aquella grande soledad. Hice carne seca. Y bien surtido de ese modo, me
    establecí allí por cinco meses. Una parte de la carne la vendí luego por medio de unos madereros
    que talaban en un lugar nombrado Pánuco de Avino y que fueron muy fieles amigos para mí. Los
    dichos madereros me llevaban café y tortillas, y yo hacía que me compraran otras provisiones.
    O sea, que de ese modo fui pasando los cinco meses que por allí anduve.
    Corrido aquel tiempo, volví a trasladarme a la Sierra de la Silla. Una noche, visitando la
    hacienda de Santa Isabel de Berros, fui a casa de un amigo mío nombrado Jesús Alday, Yo le dije:
    -¿Qué tienes de nuevo por aquí?
    Me dice él:
    -Mucho nuevo. Para ti, persecuciones.
    Y me añadió:
    -Hermanito porque así me decía-, te tengo dos amigos. Te los voy a presentar por si quieres
    juntarte con ellos para que ya no lleves esa vida tan pesada. Te los voy a presentar, si quieres,
    mañana en la noche.
    Asi fue. Otro día en la noche volví a casa de Jesús Alday. Los amigos que me presentó eran el
    hoy difunto Ignacio Parra y el hoy finado Refugio Alvarado, en aquella época tan perseguidos como
    yo.
    Al verme estos señores, le dijeron a Jesús Alday:
    -Está muy muchacho el pollo. Y eso que nos lo alabas por muy bueno.
    Y a mí me dijo el finado Ignacio: -¿Usted tiene voluntad de irse con nosotros, güerito?

    Aquella misma noche salí con ellos rumbo a la hacienda de La Soledad, y al otro día seguimos
    con dirección a Tejame, de donde está muy cerca una hacienda que se nombra Hacienda de la
    Concha.
    Antes de oscurecer me dijeron mis dos compañeros:
    -Oiga, güerito. Si usted quiere andar con nosotros, se necesita que lo que nosotros le
    mandemos haga. Se lo advertimos para que no se asuste.
    Les dije yo:
    -Señores, yo estoy dispuesto a hacer todo lo que ustedes me manden. Soy perseguido por el
    Gobierno, por la que nombran justicia, y antes que morir sin honor, prefiero defender mi derecho
    obedeciendo cualquier mandato de ustedes.
    Entonces me dijeron ellos;
    -¿Ve, güerito, toda aquella mulada que está en aquel rastrojo?
    -La veo; sí, señores.
    -Pues toda nos la vamos a llevar esta noche, y usted, güerito, tiene que ir a ahorcar el
    cencerro de la mulera y a traérnosla cabestreando.
    Así lo hice cuando me lo mandaron, que sería como a las once de la noche. Traje la mulera, la
    agarró el señor Ignacio, y entonces el difunto Refugio Alvarado y yo arreamos la mulada.
    Nos venimos con todas aquellas muías a un mineral que se llama Promontorio, y al amanecer
    estuvimos con toda la mulada frente al dicho mineral. Allí esperamos la noche para volver a
    caminar, y nos amaneció frente a un punto nombrado Las Iglesias. Otro día seguimos la noche.
    Amanecimos a un lado de la hacienda de Ramos, en un ranchito donde mis compañeros tenían
    unos amigos. Otro día seguimos la noche y fuimos a amanecer a un lugar que se llama Urique,
    cerca de Indé. Otro día seguimos la noche y pasamos de Indé hasta un punto que nombran Agua
    Zarca, dónde mis compañeros tenían otros amigos. Seguimos la noche otro día y fuimos a
    amanecer en la sierra llamada Cabeza del Oso, frente a la hacienda de Canutillo y frente a Las
    Nieves. Otro día seguimos la noche y venimos a amanecer en otra sierra, nombrada Sierra del
    Amolar. Otro día seguimos la noche y fuimos a amanecer junto a Parral, en el punto llamado Ojito.
    El dueño de aquel potrero era un viejito amigo de nosotros, es decir, del difunto Ignacio y del
    finado Refugio. Se llamaba don Ramón.
    Allídejam os la mulada, y como estábamos en un buen retiro, nos fuimos a descansar en la
    casa del referido viejito. Era una casa muy elegante, donde no nos faltaba nada.
    Pasados ocho días hicimos entrega de la mulada a otros señores, y un día después me llamó
    el difunto Ignacio, me llevó por unas pilas que hay en Parral en el barrio de Guanajuato, en un sitio
    plantado de árboles, y me dijo:
    -Vengo a entregarle a usted este dinero que le pertenece, güerito.
    Le dije yo:
    -Muy bien señor.
    Y me dio entonces tres mil pesos.
    Aquello fue grande asombro para mí, porque jamás había visto ni cien pesos juntos en mis
    manos. Recibí lo que me daba el difunto Ignacio, me despedí de él y me fui luego a comprarme
    ropa con aquel dinero.
    Días después le pregunté al difunto Ignacio que cuándo nos íbamos, porque a pesar de seryo
    tan perseguido en mi tierra, ella no se me podía olvidar. Él me contestó:
    -Nos vamos pasado mañana en la noche. Y oiga güerito: cómprese usted un caballo bueno,
    con sus monturas, porque nada sirve de todo lo que trae.

    Ese mismo día, queriendo asomarme a una cantina, vi a la puerta de ella un caballo negro con
    una montura nuevecita. Sin pensar en nada ni importarme nada, me monté en él con todo reposo, y
    cuando estaba haciendo eso oí que el dueño me gritaba:
    -¡Oiga amigo! ¿Para dónde va? Pero ya no pudo detenerme, porque tan pronto como me vi yo
    sobre dicho animal, me fui a esconderlo en el potrero donde habíamos tenido la mulada, que era el
    único paraje que yo conocía en aquella tierra.
    Tiempo después, al venir yo a criarme hombre en el distrito de Hidalgo del Parral, llegué a saber
    que aquel caballo era de un señor llamado don Ramón Amparán. Yo entonces, considerando su
    grande hermosura, no hacía más que cuidarlo en espera de la hora de salida que me habían
    anunciado mis compañeros. Cuando esa hora llegó ellos me preguntaron que si tenía en qué irme.
    Yo les dije que sí, y cuando luego vieron el magnífico caballo que yo montaba y quisieron saber
    cuánto me había costado, les contesté:
    -No me ha costado más que montarme en él, porque un borracho lo tenía a la puerta de una
    cantina.
    Desde entonces aquellos dos hombres me cogieron muy grande cariño.
    Última edición por delhierro; 28/08/2012 a las 20:58 PM
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

  11. #61
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    sigale mi amigo del hierro sigale!!!!!!!!!!!!!!
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    NO RECOMENDABLE LA SOMBRA..............

  12. #62
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    Cita Iniciado por potrillo72 Ver Mensaje
    sigale mi amigo del hierro sigale!!!!!!!!!!!!!!
    es un panfleto editado por la UANL, de dos relatos, pero a jijo, muy emociontes,

    el otro relato es sobre la matazon de los colorados.

    alla en guadalajara conoci un compa que vendia unos asiles prietos que me gustaron y un dia fui a su casa y conoci a su apa, ya mayor, y le pregunte peleo usted en la revolucion y me dijo no como queriendome ignorar, y le pregunte por que no? y me contesto, pos pa que va andar peliando uno por lo que no es de uno, a jijo, senti gananas de darle un sape al viejo.
    Última edición por delhierro; 28/08/2012 a las 21:21 PM
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

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    Por; José Luis Ávila.

    Relatos ocultos de Pancho Villa
    1.- En la Historia de la Revolución Mexicana, quedaron muchos pasajes de su vida y desarrollo un tanto olvidados y fuera de cualquier contexto de quienes la escribieron, y mas por su institucionalidad no la dieron a conocer; sin embargo escritores y periodistas, entre otros, poco a poco han empezado a dar a conocer, mediante sus escritos, ejemplos de interesantes anécdotas, insisto, poco conocidas del Centauro del Norte llamado Francisco Villa.

    Y hoy ante un aniversario más de nuestra Revolución Mexicana se recopilaron hechos interesantes jamás relatados, nos dimos a la investigación y encontramos estos relatos interesantes. Fue un hecho sucedido en Parral, Chihuahua, durante el mes de marzo pero de 1917, el Centauro del Norte después de disfrutar de un baño de vapor en Baños “El Diamante”, solicitó que un peluquero le rasurara su abundante y cerrada barba.

    Y según el relato; Villa empezó a hacerle preguntas al peluquero cuando llevaba media cara rasurada: ¿Peleó Usted en Parral contra los gringos? -”No señor”, contestó el peluquero, ¿y porqué no siguió el ejemplo de sus hermanos? cuestionó Villa de nuevo, -”verá Usted Señor, no me metí en la bola porque tenía que comer-, respondió el peluquero.

    Villa muy enojado se levantó con la cara llena de jabón y tomando la sábana que tenía enrollada al cuello persiguió por el patio al peluquero pegándole en la espalda.

    El hombre continuó su huida por la calle dando espantosos aullidos mientras que la gente que lo veía casi morían de la risa; José Ma. Jaurrieta, su secretario, terminó de rasurar a Villa que repetía constantemente: ¿Oyeron lo que dijo?
    No peleó por su Patria porque tenía que ir a comer... ¡Desgraciado!

    Ese mismo año, también en Parral, las tropas del Gral. Francisco Murguía, después de la batalla de Estación Reforma, persiguieron a los villistas hasta Parral donde Villa se dio cuenta de que no podría salvar los trenes traídos de Torreón, y tomó la decisión de entregarlos al pueblo, para ello, invitó a la ciudadanía aquedarse y llevarse lo que quisieran sin ningún pago.

    En media hora el patio de la estación se llenó de carros tirados por mulas, caballos y burros, gente con cubetas, cajas y todo lo que pudiera servirle para transportar mercancías.

    Villa vio con asombro como el pueblo de Parral descargó en seis horas todas las mercancías que sus hombres habían cargado en tres días: Harina, azúcar, sal, jabón, mantas y otros objetos, incluidas todas las camas del hospital de Torreón.

    La presencia de la gente pobre no sorprendió a Villa, pero si la gente rica enemiga de la revolución, que al grito de ¡Viva Villa! se aprovechó del botín.

    Ha propósito de la gente rica de Parral, en una ocasión Villa ordenó que por cada dos hombres ricos de la población se capturara al menor de la familia, así fueron concentrados alrededor de 200 hombres que fueron encerrados en un corralón, y ordenó que solamente se les proporcionara carne y costales de maíz para que comieran, la carne estaba revolcada en cenizas y de “esquites” como comían los pobres.

    Al principio los prisioneros se negaron a comer, pero dos días después el Gral. Villa contemplaba muy serio a esos hombres que no querían comer devorando los alimentos. Después de la lección de humildad que les dio y al abandonar Parral, ordenó que fueran liberados.

    La División del Norte de Francisco Villa, había tomado dos veces a sangre y fuego Torreón, que en 1914, era uno de los más importantes centros de comunicación y abastos de la parte norte de la República.

    Los Dorados de Pancho Villa, que fueron su escolta personal, no le sirvieron desde el inicio de las hostilidades, como se ha mencionado equivocadamente, porque su creación tuvo lugar casi al final de la lucha contra el ejército de Victoriano Huerta.

    La creación de los Dorados no fue idea de Francisco Villa sino de uno de sus generales y el nacimiento de la famosa corporación tuvo lugar en Coahuila y en Torreón.

    Después de la batalla de Paredón y preparándose la División del Norte para atacar Zacatecas, el general Francisco Villa no tenía mayor preocupación que la de destruir a su enemigo Victoriano Huerta.

    Era tan manifiesto su propósito, que se entregó por completo a la organización de su cada vez más poderosa División del Norte.

    Así se prepararon en Torreón sus tropas para pasar revista el 9 de junio de 1914. A su contingentes militar se suman nuevos cuerpos independientes recién organizados que desfilan ante el general Villa, las tropas de las nuevas brigadas: La Chao, la Bracamontes, la Segunda Villa, la Guerrero y los Cazadores de la Sierra, también pasan revista las brigadas veteranas recién cargadas de municiones y reorganizadas. Ese mismo día, Villa pasó revista a la brigada Cuauhtémoc en la alameda de Torreón, brigada que estaba al mando del general Trinidad Rodríguez.

    Se dice que cuando Villa la vio, le gustó, porque llevaban uniformes tipo cazadora y lucían sombreros texanos y al hacer alto, se podían apreciar unos listones con la leyenda “Brigada Cuauhtémoc.

    “Escolta de Trinidad Rodríguez. Dorados”. Villa preguntó de quién era esa escolta y el general Rodríguez respondió: “Es mía mi general”. Después de felicitarlo, le expresó sus deseos de que esa escolta pasara a formar parte de su cuerpo general y como su escolta personal.

    Así nació la famosa escolta de Los Dorados de Villa, como un cuerpo de hombres escogidos y entrenados para la guerra por el mismo Villa y que tendría su prueba de fuego en la legendaria batalla de Zacatecas.

    Se dice que el general Rodríguez planeó formar otro cuerpo similar a los Dorados, llamándolo los Plateados, pero murió el 23 de junio de 1914 en la batalla de Zacatecas, nueve días después de que nacieron los famosos Dorados de Villa en Torreón, a quienes se les recuerda en este mes de la Revolución Mexicana. En otra seguimos Ok

    2.- Ya para el cierre y dándole vuelta a la pagina de nuestra gesta revolucionaria; creció fuerte el rumor que el la Dirección General del COBAT, en esta capital, se encuentra todo un grupo de auditores desde hace algunos días realizando su trabajo de investigación nada menos que a un buen grupo de personas encargados de manejar los recursos económicos de este Colegio de Bachilleres, pues al parecer existen una serie de irregularidades y por el desvío de estos dineros, y al parecer todos los reflectores iluminan a una persona de sexo femenino llamada Verónica Marroquín, pero también a uno de los contadores de apellido Perales.

    Dícese, como diría mi compadre Jorge Rodríguez, que existe una lista grande de involucrados, hasta se presume que para este mes de noviembre bien podría tronar la bomba, ya que estamos en el mes de la revolución, y una buena cantidad de empleados desleales al actual director, corren el riesgo de causar baja; así las cosas por aquel lugar. Ya veremos resultados. Correo electrónico; joseluis_avila_2@hotmail.com


    Cuarto Poder de Tamaulipas/

    oi no mas a que dona veronica le gusta irse de compras
    Última edición por delhierro; 28/08/2012 a las 21:30 PM
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    Compañero delhierro mis alumnos disfrutaran de estos interesantes relatos en clase el dia de mañana.
    ya vera que les van a encantar
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    Pues un de tantas es que todo, sí, TODO el ganado del estado de Chihuahua fue sacrificado y repartido a los pobres, sí, a los mismos pobes que vaya uno a saber de donde sacaron cañones Blue Whistler, fusiles mauser, caribanas 30-30, ametralladoras, municiónes, explosivos y demás.

    Muy respetuosamente les sugiero que estudien muy bien y en muy diversas fuentes EL PROFIRIATO antes de idolatrar a violadores, ladrones, asesinos y traidores a la Patria que hasta fotos con Pershing se tomaron

    Precisamente me recuerda a otro bastardo contemporaneo que prometía muchas cosas magicas y que actualmente lo siguen holgazanes y revolucionarios de cafe y mochila con ipad al hombro.

    Saludos Cordiales y que VIVA MI GENERAL JOSE DE LA CRUZ PORFIRIO DÍAZ MORI... el gran HEROE DE LAS AMERICAS!!!

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    Pues un de tantas es que todo, sí, TODO el ganado del estado de Chihuahua fue sacrificado y repartido a los pobres, sí, a los mismos pobes que vaya uno a saber de donde sacaron cañones Blue Whistler, fusiles mauser, caribanas 30-30, ametralladoras, municiónes, explosivos y demás.

    Muy respetuosamente les sugiero que estudien muy bien y en muy diversas fuentes EL PROFIRIATO antes de idolatrar a violadores, ladrones, asesinos y traidores a la Patria que hasta fotos con Pershing se tomaron

    Precisamente me recuerda a otro bastardo contemporaneo que prometía muchas cosas magicas y que actualmente lo siguen holgazanes y revolucionarios de cafe y mochila con ipad al hombro.

    Saludos Cordiales y que VIVA MI GENERAL JOSE DE LA CRUZ PORFIRIO DÍAZ MORI... el gran HEROE DE LAS AMERICAS!!!
    ¿Pues de donde cres que las sacaron? del mismo lugar que nos seguimos surtiendo actualmente jeje del otro lado del rio
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    Compañero delhierro mis alumnos disfrutaran de estos interesantes relatos en clase el dia de mañana.
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    alla en Fco I Madero Coah. eataba yo en cuarto de primaria y el maestro era villista a morir, nos traia a los paleteros ya grandes de edad y nos platicaban como se inicio la revolucion, y el director fue villista y nos platicaba que Villa hacia una matazon de chinos tremenda y en la laguna todos son cardenistas a morir, mire todo aquel vergel del desierto y a mi muy corta edad pude comprender a quien se debio.
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

  18. #68
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    alla en Fco I Madero Coah. eataba yo en cuarto de primaria y el maestro era villista a morir, nos traia a los paleteros ya grandes de edad y nos platicaban como se inicio la revolucion, y el director fue villista y nos platicaba que Villa hacia una matazon de chinos tremenda y en la laguna todos son cardenistas a morir, mire todo aquel vergel del desierto y a mi muy corta edad pude comprender a quien se debio.
    Asi es como se desarrolla el gusto por la historia, a mis chavos les encantan los relatos de cualquier tema , en especial de historia por eso cuando encuentro cosas interesantes se las llevo y solitos van hilando los hechos
    ¡¡ !!


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  19. #69
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    El sol implacable anuncia fiero la llegada de un día eterno. La carretera destella vapores en el horizonte y una abrigadora sensación de libertad e incertidumbre invade al que contempla el imponente desierto coahuilense

    El camino lleva al Comala de estos rumbos, a Paredón. Esa tierra agreste marcada por la historia, por una entrañable batalla revolucionaria de la cual todavía se confunde en el viento el fragor de los disparos. “Era Pancho Villa”, “aquí estuvo Pancho Villa”, “por aquí pasó”, dicen sus habitantes. La misma tierra del ferrocarril y las historias de espectros y apariciones, ¿y cómo no?, si el quimérico pueblo bien podría reflejar el último rincón del mundo, donde nada parece perturbable y los fantasmas transitan dejando su estela en la barra de la Cantina Siete Leguas.

    Mil noches de quietud:
    El Paredón terrenal

    Al cruzar los primeros 60 kilómetros de la carretera que va a Monclova se encuentra la desviación hacia Paredón. El camino que lleva al pequeño municipio de Ramos Arizpe es reciente, está en perfectas condiciones. Pero una burbuja parece proteger a Paredón del tiempo y el urbanismo. Las mismas vías del ferrocarril que transportaron tanto mercancías como agentes federales y uno que otro bandolero, siguen ahí, algo oxidadas, pero funcionando. Son dos de las rutas más importantes que Ferrocarriles Mexicanos aún conserva en el norte del país.

    La estación del tren que presta el servicio fue construida en 1929, y a unos metros de ésta se encuentra la viaja estación, la que atestiguó el conflicto revolucionario de 1910.

    “Somos unos 3 mil habitantes”, dice Pedro Jiménez Valdés, aunque el conteo oficial que aparece en la entrada del pueblo sólo anuncia un poco más de mil.

    “Es que el pueblo está creciendo, ahora somos cuatro barrios”, cuenta Pedro, quien por 38 años ha habitado el tranquilo ejido. “La gente comenzó a irse a Ramos o a Monclova, pero ya se están regresando porque vivir en la ciudad es muy caro”.

    “Yo soy de Allende, pero me casé aquí. He vivido por todos lados, pero prefiero Paredón, uno no tiene que preocuparse por la renta ni por pagar servicios, yo aquí tengo tres casas, es mejor vivir aquí”.

    En Paredón hay más cantinas que tiendas o escuelas. Son como cinco o seis, una en cada esquina. Pedro cuenta que abren sus puertas desde las 11 de la mañana y las cierran hasta que el último cliente se vaya. Los hombres del pueblo desfilan por sus bancos y mesitas días y noches, noches y días, esperando que el tiempo se agote o que el alcohol aplaque la sensación aplastante de la tranquilidad absoluta.

    ¿Cómo es la vida en Paredón, de qué vive la gente?, se le pregunta a Pedro.

    “Pues la gente trabaja en los ranchos cercanos, son jornaleros, muchos trabajan en la Villa los Caninos”, relata, “yo aquí estoy construyendo una casa, ando en la obra, pero gano más que en Ramos Arizpe, ahí atendía una ferretería”.

    Mil noches de recuerdos: El Paredón revolucionario

    “Sólo sé que por aquí pasó Pancho Villa”, dice Pedro. “Los que se saben la historia son los más viejos”.

    Los relatos se van extinguiendo como la vida misma. Con cada pérdida en el pueblo, se alejan del presente las memorias de aquella célebre Batalla de Paredón, donde Villa sometió a las fuerzas federales de Porfirio Díaz.

    Los que se quedan ya no conocen la historia. Sólo saben que “por aquí pasó Pancho Villa” y “se dieron de balazos en aquél pedazo”, dice Pedro, al tiempo que señala el cerro que sirvió de paredón en el combate de 1914.

    “Fue en el Paredón viejo, allá por aquella lomita”, agrega. Ahí se encuentran sólo restos de adobes marcados con los disparos de aquella batalla que, terca, ha decidido no esfumarse por completo, si bien el lúgubre pueblo hace pensar que Pancho Villa sólo fue un rumor que transitó por ahí “a descargar su pistola”.

    Es el héroe que nunca muere. A él está dedicado cada rincón de Paredón, aunque los lugareños desconozcan que fue Carranza quien le ordenó al revolucionario tomar esa posición federal antes de partir a Zacatecas, o que fue al general huertista Joaquín Mass a quien derrotó en aquella disputa.

    “La (cantina) Siete Leguas tiene fotografías de Pancho Villa, y esa otra cantina de la esquina está cerrada, porque el dueño es Sangre Chicana, el luchador, ahí tiene muchos objetos de la Revolución”, cuenta Pedro.

    Irma Ayala Aguilar, nacida en Paredón, incluso conserva los casquillos de bala de esa histórica contienda. “Las fui recogiendo por todo el camino, por aquí por donde pasó Pancho Villa”, dice amable, “todos aquí tienen muy presente lo de Pancho Villa, aquí estuvo él”.

    Mil noches estrelladas: El Paredón del misterio

    “¿Quiere hablar con Pancho Villa?”, pregunta Pedro, “váyase al panteón a las 12 de la noche, la gente dice que ahí se aparece, pero sí tiene uno que ser muy valiente”.

    La leyenda de Villa rondando el panteón de Paredón es sólo uno de los atractivos que motivan a miles de aventureros a visitar cada año el emblemático pueblo. No son turistas comunes en busca de comodidades. Son jóvenes campistas, antropólogos, “jeeperos” o amantes de la historia y la aventura.

    “Aquí acampan, en el cementerio de vagones”, cuenta Pedro, “quieren pasar la noche ahí tirados, y como es puro desierto el cielo se ve bien estrellado. La gente aquí puede ir a Anhelo (donde se dice que Miguel Hidalgo ofició su última misa), ahí hay mucho cuarzo blanco, o a ver las pinturas rupestres. No, si viene mucha gente seguido”.

    Pero el atractivo actual de Paredón —incluso más allá de Pancho Villa, la estación del tren o las historias revolucionarias— es la niña curandera.

    “Viene mucha gente los fines de semana. De todos lados, de Estados Unidos llega mucha gente para ver a Adrianita”, relata Pedro.

    Adriana Pérez tiene 17 años, pero desde los nueve ya se le atribuyen curaciones milagrosas. Todo un ritual entrar a su pequeña casa de adobe y buscar sus dotes terapéuticas. Ahí se canta, se reza, se agoniza.

    La noche cae sin aviso para los viajeros. El día que parecía eterno encuentra un desenlace de tonos amarillos y rosas que le deja a cualquiera una sensación de melancolía deliciosa. Los habitantes de Paredón se recluyen en sus casas de colores o duermen tranquilos en la barra de Las Siete Leguas. Los demás parten, regresan a sus vidas citadinas, y el Comala coahuilense, silencioso, vuelve a ser sólo un pueblo fantasma.

    Tags Relacionados: paredon, noches, Pancho Villa
    Fuente: Laura Luz Morales
    kg
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  20. #70
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    Francisco Villa viajaba en el tren 303, pintado de tricolor, cuando se disponía a enfrentar a los federales en Saltillo. A 250 kilómetros al oriente de Torreón, la vía había sido arruinada a lo largo de 20 kilómetros, por lo cual los trenes se detuvieron en Estación Hipólito.
    El general Villa estaba enojado y según los historiadores que participaron en la Batalla de Paredón, ordenó a su modo, "a mentadas", bajar a las soldaderas de los trenes(puras mamasotas bien guenotas pienso yo*) para que no se aproximaran a la ofensiva.
    El 11 de mayo de 1913 encabezó el despliegue de la División del Norte en Torreón, contaba con más de 10 mil hombres. Francisco Villa, incluyó en su grupo al historiador saltillense Vito Alessio Robles, quien se convirtió en uno de los grandes narradores de esta historia. Sin él, sin Francisco L. Urquizo y otros cronistas, no se hubiera descrito de una manera tan exacta la Batalla de Paredón, que ha pasado a la historia, porque Villa hizo huir a los federales con una estrategia muy suya: audaz y temeraria.
    Vito Alessio Robles recibe el reporte de Felipe Ángeles, quien se encontraba el 15 de mayo en la Estación Sauceda, manda decir a Villa que en la Estación Paredón hay al menos cinco mil federales con 10 piezas de artillería al mando del general Ignacio Muñoz.
    ‘ESTARÁN PENSANDO
    QUE NO VOY A PASAR’
    Villa confiaba en las sugerencias de Felipe Ángeles, por lo que optó por enviar a 2 mil hombres a caballo a Paredón, y constantemente repetía, "estarán pensando que no voy a pasar por encontrarme con 20 kilómetros de vía levantada".
    Desde antes de iniciar la pelea el general Villa, estaba seguro que era una batalla ganada para la División del Norte, debido a que habían logrado aproximarse a Paredón sin ningún problema.
    Las brigadas llevan el nombre de Juárez, Chao, Villa, Morelos, Madero, Durango, Melchor Ocampo, Victoria, Zaragoza, Ceniceros, y Cazadores de la Sierra y Los Dorados.
    A Brigadas Villa, encomendó al general Trinidad Rodríguez, la captura de los trenes contrarios, esto fue el 17 de mayo.
    Pascual Orozco de las fuerzas federales, esperaba a los sublevados en Ramos Arizpe con unos dos mil jinetes y el general Maas estaba en Saltillo con ocho mil ametralladoras en Saltillo.
    ‘Los tiros del enemigo son cortos, no nos alcanzan’
    La artillería federal se vio sitiada en poco tiempo, tuvo que cesar el fuego y replegarse ante la agitada embestida del caudillo del norte. Los federales recularon, se sometieron en centenares; "los soldados volteaban el fusil con la culata hacia arriba en señal de rendición". Miguel Alessio Robles hizo el recuento en uno de sus anecdotarios "El combate resultó de una precisión matemática.
    "La ventaja de Villa estaba en la combinación del movimiento del caballo con el de las carabinas. Era un doble movimiento que aumentaba geométricamente la velocidad de su ataque", resume Jorge Aguilar Mora.
    Francisco L. Urquizo lo relata de esta forma. "Fue una carga brutal, como se acostumbraba en la División del Norte. Jinetes a rienda suelta sobre el enemigo un tanto desprevenido."
    LA BATALLA DE PAREDÓN EN NÚMEROS:
    Las bajas de los federales: 500
    Heridos y prisioneros: 2,101 heridos y prisioneros.
    Se decomisaron: 10 cañones, ametralladoras y tres mil rifles
    Fecha: 11 de mayo
    Contingente: Más de 10 mil hombres
    Enemigo: Cinco mil federales
    Fuentes:
    "Una victoria que abre las puertas de Saltillo" de Miguel Alessio Robles; "Las memorias de Francisco Villa" de Federico Cervantes; "Gajos de memoria" de Vito Alessio Robles; "Pancho Villa rides into mexican legend, or The cavalry mith and military tactics in the mexican revolution" de Pilcher; Rodolfo Toquero: "La batalla de Paredón". "Páginas de la revolución", "Fui soldado de la levita de esos de caballería" y "Memorias de Campaña" de Francisco L. Urquizo. "Historia de la Revolución Mexicana", de Gustavo Casasola.

    Para saber más...
    La batalla de Paredón fue objeto de estudio por parte de periodistas y conocedores de tácticas militares de los Estados Unidos. Uno de ellos fue Pilcher: "Pancho Villa rides into mexican legend, or The cavalry mith and military tactics in the mexican revolution", que recoge un informe del capitán William Mitchell para la Military Information Division.
    Por Sofía Noriega


    * nota del traductor o sea yop.
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  21. #71
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    con todo respeto maestro pepe el toro (por lo que veo es usted maestro) le recomiendo que vea esas peliculas que les digo a los compañeros, una se llama: ASI ERA PANCHO VILLA, y la segunda parte: CUANDO VIVA VILLA ES LA MUERTE, son puras anecdotas de pancho villa, con PEDRO ARMENDARIZ como pancho villa porsupuesto, hace prescisamente que uno se interese en la historia y estoy seguro que a sus alumnos les va a gustar, si se anima ay despues me dice como le "jue"... saludos!

  22. #72
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    Otra anecdota de Villa. No se si los Villistas del foro la conozcan, fue del ataque a la poblacion civil de SAN PEDRO DE LA CUEVA:

    La población de San Pedro de la Cueva se localiza en el centro – este del estado de Sonora y debe su nombre a una gigantesca cueva de cien metros de profundidad, localizada en un cantil de la sierra La Mojada, donde el 22 de octubre de 1813 nació María Salomé del Rosario, española hija legítima de don Hilario Molina y de María Noriega, quienes junto con otras seis familias de españoles e indígenas, vivían refugiados en aquella cueva, protegiéndose de los ataques de los apaches, yaquis o seris.

    El primer bautizo en la iglesia del pueblo de San Pedro de la Cueva, localizado en un estrecho valle al margen del río Moctezuma, al pié de la misma cueva, se realizó el 31 de enero de 1852.
    Cuatro grandes tragedias ha padecido el pueblo desde su fundación: La influencia hemorrágica de 1918, cuando murieron alrededor de 150 personas, la epidemia de sarampión en 1920 que ocasionó la muerte de 130 niños en tan solo dos meses y la de meningitis cerebro espinal de los años de 1926-1927, la que también ocasionó algunas muertes.

    Pero la tragedia que no se olvida por su crueldad y que desafortunadamente le dio fama más allá de las fronteras nacionales, es la masacre de 85 pobladores realizada por Francisco Villa el 2 de diciembre de 1915.

    Luego de ser derrotado por las fuerzas constitucionalistas al mando del general Álvaro Obregón Salido en el bajío mexicano, Villa, con un ejército desmoralizado y él con un carácter extremadamente violento y sanguinario por la sensación de haber sido traicionado por mucha de su gente de confianza, decide regresar a Chihuahua y luego internarse en Sonora en búsqueda del apoyo de su aliado el gobernador José María Maytorena.

    Nada de lo planeado le resultó, Maytorena había abandonado el estado y las fuerzas carrancistas al mando del general Plutarco Elías Calles lo derrotaron en Agua prieta y luego, hicieron lo mismo los generales Ángel Flores y Manuel M. Diéguez en la hacienda El Alamito, en los linderos de Hermosillo.

    Francisco Villa, herido en su orgullo y totalmente derrotado, con la mayoría de sus antiguos incondicionales muertos, entre ellos Rodolfo Fierro; el más fiel de todos, quien había muerto ahogado en una laguna en Casas Grandes, Chihuahua semanas antes, salió de Hermosillo rodeándolo por el norte, el 25 de noviembre, con la intención de regresar a Chihuahua, territorio que todavía tenía controlado.

    El día 27 llegó a Mazatán, luego viró hacia el norte pasando por Nácori Grande para, finalmente arribar a Mátape el día 28, donde decidió pasar la noche.
    Para entonces a Villa le quedaban solo siete cañones y poco más tres mil hombres, de los doce mil que habían iniciado la campaña en Sonora.

    Por aquellos años, el gobierno había perdido totalmente el control del territorio y muchos pueblos habían sido saqueados, tanto por los ejércitos revolucionarios como por bandoleros y desertores. Ante tal circunstancia, los pueblos remotos e indefensos se organizaban con sus propias milicias, armados con pistolas y rifles de caza, para defenderse de los merodeadores y saqueadores.
    Los habitantes de San Pedro de la Cueva habían sufrido varios atracos con anterioridad y para enfrentar el problema, formaron una milicia integrada por cincuenta hombres que se encargaba de realizar rondines por las afueras del pueblo en prevención de un ataque inesperado.

    En Mátape, Villa se enteró que la única manera en que podría cruzar el río Moctezuma con la artillería sin muchos problemas, sería dando un rodeo por el antiguo camino real que subía al norte hasta San Pedro de la Cueva.

    El día 30 de noviembre en la mañana, Villa y sus hombres salieron de Mátape. El contingente de soldados que custodiaba la artillería iba a la vanguardia, mientras que el general, con el grueso de la tropa y su estado mayor los seguiría en la retaguardia.
    Por razones de seguridad, los Generales Margarito Orozco y Santiago Bracamonte, sonorense este último originario de San José de Pimas, que iban al mando de la artillería, organizaron un contingente de avanzada que se encargaba de ir explorando el camino en previsión de una contingencia.

    El miércoles 1 de diciembre, unos kilómetros antes de llegar a San Pedro de la Cueva, en un cerrito llamado El Cajete, los voluntarios de la milicia que hacían labores de vigilancia, advirtieron la presencia del contingente de avanzada y, Rosendo Noriega dando por hecho que era un grupo de facinerosos, dio la orden de disparar.
    Los sampedreños sorprendieron a los villistas matando a cinco, entre ellos a Manuel Martínez, un sobrino de Villa, mientras que por los lugareños murió Mauricio Noriega, quien herido en una rodilla se desangró en el lugar desde donde disparaba.
    Al ver que llegaban refuerzos al enemigo y ya los superaban en número y armas, los combatientes huyeron despavoridos a refugiarse en el pueblo.

    Cuando el contingente villista entró a San Pedro de la Cueva, los oficiales descontentos, ordenaron la detención y encierro del alcalde Rafael Fuentes y demás autoridades municipales con el fin de investigar el motivo de aquel ataque, mientras daban aviso a Pancho Villa, quien venía kilómetros atrás.

    Los generales Orozco y Bracamonte, al darse cuenta que aquello había sido una reacción de defensa propia de los pobladores, les recomendaron a los combatientes huir a esconderse entre los cerros cercanos, ya que conociendo las condiciones del temperamento que aquejaba en aquellos días a Pancho Villa, aunado a la muerte de su sobrino, seguramente tomaría represalias violentas contra ellos.
    Algunos huyeron pero la mayoría de los pobladores, considerando que el incidente se arreglaría simplemente hablando y explicándole al general lo sucedido, hicieron caso omiso a la recomendación.

    Al ser enterado del incidente, Villa montó en cólera y de inmediato ordenó acelerar la marcha para llegar cuanto antes al pueblo y darle un escarmiento aquella población que se había atrevido a desafiarlo.
    Antes de aclarar el día, el jueves 2 de diciembre Villa llegó a San Pedro de la Cueva ordenando reunir a toda la población, que aquel año rondaba por las 1,200 personas, frente a la iglesia, sin respetar edades ni sexo; así fue cómo aquella horda de soldados registraron casa por casa tumbando las puertas, sacando a todos los hombres que encontraban angustiados ante el temor de la muerte y trasladaron a más de 300 frente al templo de San Pedro Apóstol.

    Una vez reunida toda la población en la plaza y los hombres formados frente a la iglesia, Villa ordenó que todos fueran fusilados.
    Al escuchar aquella terminante orden las mujeres gritaban, aclamaban a Dios pidiendo misericordia, esperando un milagro que las librara de aquel endemoniado hombre, pero éste, montado en un caballo prieto azabache, les gritaba que se callaran porque en aquel momento ni Dios podría hacer nada por ellas.

    En esos momentos se le acerca el General Bracamonte y enfrentando a su jefe le dice que aquella orden descabellada no podía ejecutarse porque de hacerlo, la división del norte sufriría un gran desprestigio.
    Pero Pancho Villa no entendía razones y los dos militares se hicieron de palabras discutiendo por un buen rato frente a frente y cuando la situación estaba a punto de estallar, apareció la humilde figura del caritativo y virtuoso sacerdote del pueblo Andrés Avelino Flores Quesney, nativo de Nuri, Sonora, quien con amable voz y su ejemplar mansedumbre, logra que los generales se entiendan y convence a Villa de que no se molesten a las mujeres ni a los niños.

    En cuanto el sacerdote se retiró empezaron los fusilamientos realizándose de seis en seis cayendo primero tres ciudadanos chinos, Pedro E. Peñuñuri, Ángel Núñez Figueroa y Fermín H. Encinas. Luego continuaron las filas de hombres cayendo en grupos, hasta llegar a casi cincuenta los muertos apilados frente a la iglesia.

    El sacerdote Flores, compadecido de que aquellos hombres estaban muriendo inocentemente, se presentó nuevamente ante Villa suplicándole que los perdonara, pero éste le ordenó que se retirara o de lo contrario también a él lo fusilaría. La matanza continuó.

    El padre Flores, viendo que aquello no podía ser posible vuelve por tercera vez ante Villa y para suplicarle que terminara con aquella carnicería, se le arrodilló para bendecirlo y creyendo Villa que recibía una burla, enfurecido se le abalanzó dándole de golpes con los puños hasta tirarlo al suelo; y estando tirado e indefenso, desenfundó su pistola y cobardemente se la descargó en la cabeza.
    Cuando el sacerdote estaba muerto con su sotana negra cubierta de sangre, Villa no conforme, ordena a sus dorados, que lo pisoteen con sus caballos hasta hacerlo pedazos y lo cubrieran con estiércol.

    Consumado el sacrificio del Padre Flores, el General Santiago Bracamonte regresa ante su superior y enfrentándolo llevando su mano a la pistola le pide que detenga aquella carnicería.
    Los dos militares desenfundaron sus armas y se quedaron frente a frente durante un momeneto, pero ninguno se atrevió a jalarle al gatillo.
    Francisco Villa volteó su mirada hacia la fila de ocho adultos y diez jovencitos que esperaban ser fusilados diciéndoles que terminaban los fusilamientos pero que a ellos se los llevaría prisioneros para que realizaran los trabajos más duros y sucios entre sus tropas y al mismo tiempo ordenándole a Bracamonte que antes de retirarse, les diera el tiro de gracia a los fusilados e incendiara el pueblo.

    Villa abandonó la población continuando en su viaje a Chihuahua, tomado camino rumbo el sur, hacia los pueblos de Batúc, Tepupa y Suaqui, todos localizados a orillas del río Moctezuma.
    Al retirarse y para que Villa observara el humo desde lejos, Bracamonte ordenó incendiar algunos pastizales y casas de las orillas del pueblo, haciéndole creer que había cumplido sus infaustas órdenes, mientras que el general Margarito Orozco simulaba darles el tiro de gracia a los supuestos muertos disparando hacia el suelo.

    Cuando Pancho Villa, llegó al pueblo de Batuc, lo estaban esperando algunos lugareños encabezados por el Presidente Municipal Ramón Othón portando una bandera blanca para invitarlo a comer a su casa.
    Mientras comían, una señora de Batúc identificó a los prisioneros de San Pedro, ya que en ese lugar tenían parientes cercanos, y le preguntó a Villa que haría con ellos.
    Villa le contestó que ni él mismo sabía, pero que si le pagaban un rescate se los entregaría.
    La señora se movilizó por todo el pueblo y solo consiguió dinero para rescatar a tres y eso fue porque también ofreció unas monedas de oro macizo que tenia guardadas en su casa.

    Enseguida, Pancho Villa y su gente hicieron su retirada rumbo a Suaqui y cuando iban pasando por el pueblo, uno de sus soldados, al ir haciendo jugarretas corriendo con su caballo, le salió al paso el señor José “El Pichón” Castillo, que era conocido de Villa y lo estaba esperando para saludarlo, lo atropelló recibiendo un duro golpe en la cabeza de tal mala suerte que murió instantáneamente. Al ver esto, Villa ordenó que se fusilara de inmediato al responsable.
    Al salir de Suaqui y abandonar para siempre la región rumbo a su destino, Pancho Villa dejó libres a los prisioneros, dejando atrás una estela de muerte y dolor que nunca le sería perdonada en los registros de la historia de Sonora.

    San Pedro de la Cueva quedó totalmente destrozado, ya que además de la muerte de sus 84 hombres, los villistas también les mataron las vacas, cerdos y gallinas y les robaron toda clase de provisión alimenticia, dejando a 60 viudas y muchos huérfanos desconsolados.
    Un poco de consuelo les llegó tres años después, cuando el General Plutarco Elías Calles, siendo gobernador del Estado, visitó San Pedro de la Cueva y les otorgó una pensión de $15.00 mensuales a cada viuda.

    Desde 1963, en la plaza principal del pueblo, frente al templo, se levantó un Hemiciclo, que guarda la memoria con los nombres de los muertos en una placa de mármol y cada 2 de diciembre de cada año, el pueblo les ofrece una misa en póstumo recuerdo.






    "Nemo patriam quia magna est amat, sed quia sua"
    ("Nadie ama a su patria porque es grande, si no por que es suya")

    Seneca.


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    Predeterminado Soldados de adeveras!

    un homenaje a los ninos soldados que les toco pelear tanto en el lado revolucionario como de leva con los federales. estos no supieron, de escuela, ni de fut, ni textear con cellulares, ni chatear en su facebook


    fueron soldados de adeveras!


    Saben anecdotas de mi gral. Pancho villa?-nino_soldado.jpg Saben anecdotas de mi gral. Pancho villa?-revolucionario.jpg

    Última edición por delhierro; 29/08/2012 a las 05:50 AM
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

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    Predeterminado

    LA BATALLA DE OJINAGA
    Por el Profr. Raúl Juventino Juárez
    Hacía un frío que calaba hasta los huesos. Los belfos de los caballos temblaban y de sus hocicos salían sonidos estruendosos acompañados de un vaho que formaban pequeñas neblinas. La gente de a caballo se encorvaba sobre la cabalgadura tratando de cubrir su cuerpo con un zarape de lana, buscando oponer la menor resistencia al viento. Todos iban en formación militar por el lomerío de La Mula con dirección a San Juan, muy cerca de Ojinaga. Pancho Villa cabalgaba al frente a corta distancia de los exploradores que iban señalando el camino, siempre a corta distancia de la Sierra de Matazaguas. La guardia persona perfectamente uniformada, con los mejores rifles y con suficiente parque para un ataque sorpresa, cabalgaban dejando una estela de polvo que se divisaba desde lejos. Un día antes Pancho Villa había enviado a las Brigadas Hernández y Herrera a El Mulato para que desde ahí se dirigieran a Ojinaga para el combate. No consideró prudente concentrarlas en San Juan por la carencia de víveres y de alimento para los caballos, pero también como estrategia para que se confiaran los huertistas.
    Salvador Mercado enfundado en su mackinof verde olivo se encontraba apostado en la parte alta del vetusto cuartel militar que estaba junto a la Iglesia de Ojinaga y con sus catalejos alcanzaba a distinguir la polvareda que levantaba la columna de Pancho Villa. No distinguía con precisión cuántos eran, pero alcanzó a ver que eran pocos y respiró aliviado. Militar como era, Mercado no debía tener miedo, sin embargo cuando vio la polvareda imaginó a una enorme columna de villistas, presagió que lo acorralarían en esta pequeña población fronteriza. Aspiró profundo una bocanada de aire como queriendo darse ánimo y bajó a prepararse para el asedio de la ciudad que estaba bajo su mando. Sabía perfectamente que la batalla no tardaría en presentarse, la incógnita que bullía en su mente era de cuándo y cómo sería esta batalla. De lo que si estaba seguro era que esta sería la decisiva, la de ganar o morir en el combate.
    Pancho iba callado, con la mirada perdida en lontananza tratando de escudriñar lo que había más allá de aquellas lomas pelonas llenas de fósiles marinos que se recortaban en el horizonte. La Muñeca, su yegüa favorita a la que todo mundo conocía como Siete Leguas, caminaba con paso seguro y lista a obedecer la rienda de su amo. Desde hacía muchos años que no llovía y la tierra estaba suelta, hecha polvo, casi talco. Los que iban adelante no
    sufrían tanto como los que iban atrás que tragaban tanto polvo que los hacía estornudar constantemente.
    Cuando ya habían recorrido más de la mitad del trayecto, Pancho Villa llamó a tres de sus más cercanos colaboradores y a galope tendido se dirigió a un cerrito al que llamaban Picachos desde donde se divisaba Ojinaga. En una ladera cubierta de guame se apostaron en los caballos y escogieron un lugar adecuado para observar. Pancho Villa sacó los miralejos que siempre traía en la maletilla izquierda de su montura y alcanzó a ver los techos de las
    vetustas casonas de Ojinaga, las murallas del cuartel militar y al fondo el techo de la Iglesia. Se veía movimiento en el edificio militar y en las viejas casonas de adobe de la ciudad. Daba la impresión de que estaban subiendo armas a los techos. También se veía una columna humana que iba y venía al río como si trataran de cruzar a Presidio, Tex.
    Rápidamente bajaron del cerro y a galope se incorporaron a la columna. No tardaron en divisar las goteras de Ojinaga y dando un rodeo se dirigieron al oeste pasando por las labores de Dolores y El Ancón para luego llegar a las tierras labrantías de San Juan.
    Cuando llegaron al Río Conchos, la gente se dispersó para dar agua a los caballos. Luego pasaron el río de manera muy sigilosa y para cuando menos pensaron ya estaba Villa al pie de un enorme álamo que ya había tirado sus hojas. De un salto bajó del caballo, cortó una rama seca de zacate Jhonson y se sentó en una prominente raíz que le sirvió de asiento. Hizo llamar a Toribio Ortega y a Pánfilo Natera que ni cuenta se habían dado de que Villa ya estaba ahí, a unos cuantos pasos de la Hacienda. Nerviosos y con bastante temor, aprisa llegaron a donde Villa se encontraba. Cuando estuvieron ante la presencia de Centauro, vieron como masticaba una caña de alguna hierba, observaron como de un mordisco había trozado una parte de la planta y con saña masticaba como si fuera caña amarga pero necesaria, señal inequívoca de que estaba enojado. Levantó la vista y a quemarropa les espetó
    _Así que me tienen malas cuentas muchachitos__
    Pero no les dio tiempo a que se justificaran, inmediatamente les continuó diciendo.
    __No hicieron las cosas como les indiqué, empezaron a competir entre ustedes y descuidaron el ataque. No es posible que en tantos días no hayan podido tomar Ojinaga. ¿No recuerdan lo que les dije cuando salieron de Chihuahua?... Pero no se preocupen, aquí está Pancho Villa que viene a decirles como se hace una batalla.
    Después de recibir las primeras recriminaciones de su jefe, pero reconfortados por su presencia, se dirigieron todos a la Hacienda. Iban cabizbajos porque de alguna manera se sentían avergonzados porque no le tenían buenas cuentas a su jefe. Por más de quince días habían estado tratando de darle la batalla al General Salvador Mercado que con más de cinco mil hombres defendía la Villa de Ojinaga. Le habían tendido un cerco a la ciudad empezando en las Lomas de la Juliana, el Chaparral y en un arco envolvente se habían apostado en las lomas de Cañada Ancha y por el lado que da a San Francisco. Sin embargo no habían podido entrar a la población porque una y otra vez fueron rechazados por la gente de Salvador Mercado. Quince días de intensos combates no habían sido lo suficientemente efectivos para derrotar a los huertistas. Para reorganizarse habían decidido replegarse y escogieron la Hacienda de San Juan porque era el lugar estratégico para reponerse de las derrotas.
    La Hacienda era una construcción de adobe de gruesas paredes que tenía el frente para el lado del pueblo. Ubicada en una pequeña meseta que dominaba todo el caserío, no había nada en el pueblo que no se visualizara desde la vieja casona. Pasaron a una sala grande de aproximadamente 8 por 10 metros.
    Al fondo se veía un pasillo y a los lados habitaciones de cuatro por seis que habían sido ocupadas por la gente de Toribio Ortega y de Pánfilo Natera.
    A una seña de Pancho Villa todos los jefes de brigada se acercaron para escuchar las indicaciones.
    Sin sentarse y recorriendo de uno a otro lado la sala, Villa fijó la mirada en cada uno de sus muchachitos, como él les llamaba. Antes de pronunciar palabra, fue recorriendo lentamente los rostros de cada uno de los ahí reunidos, como queriendo penetrar hasta lo más recóndito de la mente para saber sus pensamientos. Todos sintieron un ligero escalofrío cuando tuvieron
    la mirada fija en su rostro. Sin duda alguna que no le tenían miedo al combate, pero sí tenían miedo a la reacción que pudiera tener su guía y máximo exponente de la Revolución Mexicana.
    Por fin, de sus labios salieron las palabras como si le dictara a una secretaria.
    “Jefes y soldados de la libertad: he venido a cumplir con mi deber, vengo a que tomemos Ojinaga. Traigo la Brigada Hernández y la Brigada Herrera, y espero que ustedes cumplirán con las órdenes que les voy a dictar aquí, a grito abierto, para que todos las oigan y nadie se equivoque”.
    “Mañana marcharemos a las ocho de la mañana en correcta formación, colocaremos la línea de fuego a distancia, que no la batan los cañones del enemigo. Al quererse venir las sombras de la noche, todas las brigadas coronarán la ciudad y en formación de infantería penetraremos hasta el centro del pueblo. De coronel a subteniente les pertenece arrear la tropa, y tanto el jefe como el soldado que dé un paso atrás, inmediatamente pasarlo por las armas, para que así, tanto se liberte al último soldado como el primero de los jefes. El hombre de vergüenza siempre entra adelante y el cobarde tiene que presentar valor o quedar sepultado para siempre. Así pues, voy a dictarles los puntos finales del ataque, de los que estarán ustedes muy pendientes, por ser de suma importancia: seña, Juárez; contraseña,
    fieles.”
    “Todo mundo entrará al combate sin sombrero y cuando estemos revueltos con el enemigo, ya sea a la lucha o a la pistola, espero que tengan el suficiente corazón para que no nos matemos unos a otros, hasta que les sea dada la seña particular. Cuando uno de ustedes le ponga el arma en el pecho a otro, le preguntará ¿Qué número? Y si es de los de nosotros, en secreto contestará: “uno”. Y si ese número no se contestare, inmediatamente harán fuego. En hora y media tenemos que tomar el pueblo y todo oficial o soldado que encuentre yo que no entra en la batalla, tiene la pena de muerte. Ahora pregunto a los jefes y soldados: ¿Están ustedes contentos con las órdenes que he dictado?”
    Todos a grito abierto contestaron: ¡Sí!
    Quién demonios iba a decir que no. Pobre de aquél que diera muestras de cobardía. Sin duda esa sería su última acción en este mundo.
    Acto seguido se dispersaron los jefes por toda la Hacienda y una algarabía empezó a subir de tono. El sonido de los mosquetones dominaba el ambiente. Algunos cortaban cartucho para probar sus carabinas, otros amartillaban las pistolas y lentamente dejaban caer el percutor para que no disparara, sólo como maniobra para probar que no estuviera encasquillada. Algunos más con el sombrero caído sobre la espalda, levantaban su 30-30 con la mano izquierda en señal de que estaban listos para el combate. La humareda se levantaba en distintas partes de la hacienda, algunas mujeres del lugar echaban sus últimas tortillas sobre el comal y los frijoles saltaban entre los jarros de barro como chapulines queriendo escapar de la chamusquina.
    Después de darle agua y comida a los caballos, cada uno de los jinetes se fue acercando a la fogata donde se preparaban los alimentos. Con la mano izquierda tomaban una tortilla de maíz, la doblaban por la mitad y a manera de taco la rellenaban de frijoles graneados, les espolvoreaban un poco de sal y la saboreaban como el mejor manjar que hubieran comido en su vida.
    ¿Cuándo volverían a comer tranquilamente? Nadie lo sabía, así es que disfrutaban esos momentos porque pudieran muy bien ser los últimos que tuvieran en mucho tiempo.
    Poco a poco cada jefe fue reuniendo a su gente. Las Brigadas Villa y Cuauhtémoc fueron las primeras en estar listas para emprender la travesía hasta Ojinaga. Después estuvieron listas las Brigadas Morelos y la Brigada Juárez. De pronto los llanos blancos de El Ancón se cubrieron de villistas.
    Enormes filas de revolucionarios caminaban en perfecta formación rumbo a Ojinaga. Pasando la ranchería de El Ancón, unos pocos subieron por unos cerros que por el lado oriente mostraban unos bellos paredones de formas caprichosas que le dan un aspecto muy peculiar al paisaje desértico. Desde lo alto se divisaba perfectamente la ciudad de Ojinaga. No se necesitaba de binoculares para darse cuenta de lo que allá sucedía. A escasos metros, el
    Río Conchos se deslizaba mansamente con muy poco agua y a unos dos kilómetros la orilla de la ciudad.
    Más adelante las columnas de revolucionarios se concentraron en el punto conocido como Las Vegas para pasar el río. Por última vez dieron agua a los caballos y se aprestaron a entrar en batalla tal y como Villa les había indicado. No sería una batalla abierta, con el pecho descubierto y el corazón por delante. No. Esta sería una batalla de inteligencia, de estrategia militar, de sembrar el terror en corto tiempo para obligar al enemigo a rendirse. O a huir hacia Presidio, Texas en caso de que cundiera el pánico.
    Ya estaba cayendo la tarde y el frío húmedo del río y de las labores empezaba a calarn profundo. Algunos no muy bien abrigados temblaban de pies a cabeza. ¿Sería que el miedo y el frío se juntaban para apropiarse de los esqueléticos cuerpos de aquellos desventurados rancheros convertidos por azares del destino en soldados de la revolución?
    En cuanto las primeras sombras de la noche empezaron a cubrir los alrededores de Ojinaga, ya los hombres estaban con el sombrero echado hacia atrás para que con las prisas no se les fuera a olvidar la señal. La artillería al mando de Martiniano Servín estaba emplazada en las lomas de Cañada Ancha apuntando hacia la Iglesia y el cuartel militar. Los cuidadores
    estaban perfectamente distribuidos desde la bajada de San Francisco, Cañada Ancha, el Chaparral y los cerros al oeste de la Juliana. Cada uno tomando la rienda de diez caballos que estarían listos para una eventual retirada.
    Los Dorados de Pancho Villa situados a la retaguardia listos a cobrar con imperturbable ánimo la vida de cualquier cobarde que quisiera huir o retroceder. Nadie, absolutamente nadie tenía que hacerse maje, dar muestras de cobardía o intentar huir porque invariablemente se encontrarían con la boca de los fusiles de los Dorados que apuntaban sin cesar.
    Toribio Ortega con la Brigada González Ortega se había posicionado por el
    lado de Cañada Ancha, Pánfilo Natera lo hacía por el lado de La Juliana, José de la Cruz Sánchez por el lado del Chaparral y José Rodríguez por el lado de la subida de San Francisco.
    Mientras tanto, en el cuartel militar, El General Salvador Mercado discutía con Pascual Orozco, con Francisco Rojas, con Blas Orpinel, con Marcelo Caraveo y otros jefes colorados y huertistas. No se ponían bien de acuerdo en cuanto a la estrategia porque dentro de las filas había todo un abanico de ideas y de ideales. Desde los muy leales a Huerta, hasta los que seguían a los Flores Magón. También en este lado de la revolución frecuentemente se disputaban el mando de la tropa. Salvador Mercado era el General en Jefe, oficial de carrera por decirlo de alguna manera. Los demás habían sido revolucionarios y por desacuerdo con las estrategias y objetivos, se habían separado de sus compañeros de lucha y se habían unido a sus primeros enemigos. Pero cada uno mandaba a su propia gente. Cada uno traía sus propios seguidores. A veces obedecían en grupo a Salvador Mercado, pero en ocasiones sólo hacían lo que su jefe colorado les indicaba.
    Antes de entrar en combate, Pancho Villa recorrió toda la línea de tiradores. Con su escolta personal recorrió cada Brigada, arengó a cada Jefe, dio instrucciones en voz alta para que todos lo escucharan que esta batalla sería a muerte. Usaba el lenguaje simple y llano de la gente del campo. Eran unas cuantas palabras pero suficientes para que entendieran que
    aquí se jugaban la vida y los ideales de la revolución.
    En su recorrido revisando las brigadas, Pancho Villa emparejó su caballo al de Toribio Ortega que revisaba a los valientes de Cuchillo Parado que le eran fieles a morir, se acercó y mirándolo de frente le dijo: “amiguito, no quiero que vuelva a fallarme, los más de quince días que ya llevan tratando de tomar Ojinaga, no lo han podido lograr porque no se han puesto de
    acuerdo. Usted le ha estado estorbando a Maclovio en toda la campaña. Sus caprichitos y su celo han hecho que hayamos perdido mucha gente y hasta tuve que venir personalmente a dirigir la batalla porque ustedes no han podido con estos pelones. Bien claro les dije cuando salieron de Chihuahua el 15 de diciembre, que no quería desavenencias entre ustedes. Usted tuvo la oportunidad de ser el Jefe de estas operaciones y le cedió el lugar a Maclovio Herrera así que ahora se aguanta. No quiero errores ni reclamos.
    Esta batalla es la decisiva para la Revolución Mexicana. Con que ya sabe, la próxima no se la perdono”.
    Villa sabía perfectamente que de esta Batalla de Ojinaga dependía el destino de la Revolución. Con la toma de Ciudad Juárez, sus bonos se habían ido hasta el cielo. Ya no era el bandido incorporado a la revolución por accidente. Ya tenía bien firme los ideales que defendía y cómo conseguirlos.
    Ya no era el segundón de la Revolución. No. Para nada. Era ya todo un personaje cuya figura se extendía más allá de las fronteras e inclusive de los mares. Su foto ya aparecía en los principales diarios del mundo. Ya lo asediaban constantemente los reporteros, los fotógrafos y hasta las incipientes compañías cinematográficas. De las entrevistas que había concedido en Ciudad Juárez y El Paso, Tex. había salido bien librado. Junto con él viajaban rumbo a Ojinaga los camarógrafos de la Mutual Film Corporation que con él habían firmado un contrato para filmar la tan esperada batalla.
    Por alguna razón esta acción bélica de Ojinaga había despertado la curiosidad del mundo, pero principalmente de los Estados Unidos. El mismo presidente de esta nación estaba al tanto de lo que ocurría diariamente en la frontera sur. Todos los días los reporteros y fotógrafos de El Paso Herald y El Paso Times llenaban sus páginas con los acontecimientos de la frontera. En el mes de diciembre de 1913 y lo que llevaban del mes de enero de 1914, las noticias llegadas desde Ojinaga llenaban las principales páginas de sus diarios. Tanto que hasta rebasaron con mucho las noticias de la guerra con Japón.
    Con los informes que recibían de sus cónsules y de lo que publicaban los periódicos, vigilaban paso a paso lo que Villa y sus tropas hacían en esta frontera. Todo lo conocían a la perfección. Hasta sabía qué y con quien conversaba Villa. Por eso cuando Villa salió de Ciudad Juárez, ellos enviaron a un contingente militar numeroso a Presidio, Tex. para vigilar la frontera. Traían médicos y enfermeros, tiendas de campaña, víveres, forrajes y todo lo necesario para una prolongada estancia. Se asentaron en la parte norte del poblado de Presidio, pero acondicionaron la escuela y la iglesia como hospitales.
    Los estrategas militares sabían que a los huertistas no les quedó otra salida que venirse a refugiar a Ojinaga porque Torreón había caído en poder de los revolucionarios y con la toma de ciudad Juárez, la única posibilidad de escape era la frontera.
    En las calles angostas de Ojinaga y de altas casas de adobe, había un caos inusitado. Todo mundo corría de un lado para otro. Los zapadores huertistas cavaban fosos alrededor de la ciudad, otros castigados levantaban barricadas en las calles, muchos se subían a las azoteas y acomodaban sus ametralladoras. La parte más alta de la ciudad era el techo de la iglesia y
    allí se subieron alrededor de 25 soldados bien municionados. Con la penumbra de la oscuridad parecían zopilotes buscando un lugar donde pasar la noche.
    Otros más se habían subido a los techos de la Presidencia Municipal y el resto estaba acomodado en la azotea de la casa grande de don Bibiano Jiménez.
    El General Salvador Mercado tenía su puesto de operaciones en el cuartel militar. Desde ahí daba órdenes, instruía a sus subalternos y trazaba la estrategia de la batalla. Pascual Orozco, Marcelo Caraveo y José Inés Salazar, traían sus propias tropas compuestas por puros colorados. Es decir gentes que se habían levantado en ciudad Guerrero el 19 de noviembre apoyando el Plan de San Luis, que habían abrazado las ideas liberales de los
    hermanos Flores Magón y que aprovecharon el descontento de la gente para impulsar sus ideas anarquistas. Toda la gente les tenía el mote de colorados, aunque la mayoría de los revolucionarios no sabían bien a bien que era lo que buscaban. Sólo sabían que usaban como distintivo un listón rojo en sus sombreros y para no meterse en cuestiones ideológicas
    simplemente les decían los colorados. De alguna manera estos jefes no obedecían institucionalmente a Salvador Mercado, sino que se unían a él para defenderse de los villistas que se habían convertido en enemigos a raíz de los desacuerdos con Don Francisco I. Madero, pero frecuentemente chocaban en sus puntos de vista. Como quiera el objetivo central se imponía y se mantenían hasta cierto punto unidos.
    Ese 10 de enero de 1914, la situación en Ojinaga era ya muy tensa. La gente de Salvador Mercado no podía controlar a sus subordinados que desde antes de la batalla, empezaban a esconderse y buscaban afanosamente llegar al río para pasarse a Presidio, Tex. Para obligarlos a no abandonar el campo de batalla, Mercado concentró a las mujeres en el cuartel militar y no les permitió salir de ahí sin su autorización. Así los soldados por no abandonar
    a su “vieja” se vieron obligados a permanecer en la línea de combate. Hubo ocasiones en que pistola en mano tuvo que detener a algunos que ya iban corriendo por la bajada de Los Carretones. Otros bajaban la loma de los Paredes y se iban resbalando por la ladera como si fueran en costales de manta. En cuanto llegaban al río aventaban el arma y se quitaban la camisa militar para no verse comprometidos, con la esperanza de que los confundieran con parroquianos que huían de sus casas. Hacía un frío infernal, pero ni eso los detenía. Ya dentro del río sentían el agua calientita y no sabían si era por su deseo de librarse de la batalla o
    porque esa agua les representaba su permanencia en la tierra. Salían del río unos por la “bomba” de los Barriga y otros por el lado de Puerto Rico, todos tiritando de frío, con una tronadera de dientes que parecían matracas descompuestas. Para esas horas ya los esperaban los Rangers en el lado americano que habían tendido un cerco paralelo al río y nomás estaban casando huertistas como si fueran conejos asustados. Los conducían en grupos compactos desde la orilla del río hasta una alambrada que tenían por el norte del pueblo. Ahí los metían en una área cercada con alambre de púas, les daban indicaciones de dónde tenían que permanecer. Les daban café calientito para que se quitaran el frío y les proporcionaban zarapes para que se abrigaran y después los alojaron en cientos de tiendas de campaña para que pasaran la noche.
    Serían como las 9 de aquella fría noche del 10 de enero de 1914, cuando empezó la gran Batalla de Ojinaga. Pecho a tierra los soldados de la revolución avanzaban protegiéndose entre los guames y los mezquites. Los arroyitos que se forman antes de llegar a la meseta donde se asienta la ciudad, eran lo único que les servía de muralla para protegerse de las balas de los huertistas. Como lagartijas panteoneras iban llegando poco a poco a las primeras casas de la ciudad. Cada revolucionario llevaba su dotación de parque para su 30-30, dos cartuchos de dinamita fajadas a la cintura y una pequeña barreta de fierro con punta cónica por un lado y por el otro a manera de hachuela. La pistola bien fajada al cinto lista para disparar cuando ya entraran a la ciudad.
    La señal para abalanzarse sobre el enemigo sería un cañonazo. Así lo hizo Martiniano Servín que ordenó que el primer blanco fuera la pared oeste de la Iglesia, ya que había visto que ahí se encontraba un buen número de huertistas. Los primeros en llegar aventaron cartuchos de dinamita a las azoteas de las primeras casas. Grandes boquetes se abrieron por donde
    entraban y amagaban a los que se encontraban adentro. Al grito de ¿quién vive? Y al obtener una respuesta diferente a la clave que les habían dado, les soltaban un plomazo sin misericordia ninguna. La disyuntiva era matar o morir.
    Por el lado de San Francisco subía una marea humana pegados a la tierra, avanzando con los codos y empujándose con las puntas de los pies. Parecían iguanas arrastrándose por las laderas de aquella parte de la ciudad. Como era de noche sólo se oía el arrastrarse de su cuerpo. Siempre con el sombrero a la espalda y lista la pistola, avanzaban sin voltear para atrás.
    No querían encontrarse con la boca oscura de la pistola de un Dorado. Había que seguir para adelante, siempre para adelante topara en lo que topara. Continuaban cercando las casas, aventando cartuchos de dinamita a los techos de las humildes viviendas. Las gruesas paredes de adobe estallaban como polvorón de harina. Por ahí penetraban los soldados de la revolución en grupos de tres o cuatro. Si alguno había quedado vivo después de la explosión, ahí lo remataban sin misericordia alguna. Pasaban a las otras piezas de la casa y salían por la puerta que daba a la calle, donde una marea humana corría en dirección al Río Bravo. Todo era cuestión de apretar el gatillo para que los huertistas cayeran como soldaditos de plomo.
    La gente de Pánfilo Natera que entraba por el lado de la Juliana, era la que se había retrasado un poco más porque la distancia de las lomas a la orilla de la ciudad es de poco más de un kilómetro. Pero en cuanto llegaron a la orilla de la loma, subían agazapados por la ladera y con los ojos pelones tratando de adivinar lo que había más adelante. Ni el intenso frío sentían. No había tiempo para eso. De los techos de las casas y por los huecos de las ventanas, salían fogonazos que iluminaban la noche como fuegos pirotécnicos. A veces se oía el ruido seco de una bala que atravesaba el cuerpo de un compañero y los gritos de dolor que seguían a la caída estrepitosa de su humanidad. A la luz de los disparos se iban orientando a donde tenían que pegarle primero. Algunos atrevidos se subían como gatos a las azoteas y desde ahí empezaban a tumbar huertistas a diestra y siniestra.
    Despejado el camino de las primeras casas, los otros avanzaban con mayorrapidez.
    Salvador Mercado y Francisco Castro, Blas Orpinel, Manuel Landa, Cayetano Romero, José Inés Salazar, Félix Terrazas y Alberto Aduna dirigían el combate ahora desde la punta de la loma que está por el noreste de la ciudad. Tenían previsto desde mucho antes, presentar alguna resistencia a los villistas, pero en su mente estaba la de entregarse a los norteamericanos con el pretexto de salvar la vida de sus compañeros.
    Pascual Orozco, Antonio Rojas y Marcelo Caraveo se batían con verdadero arrojo. Montados en sus caballos recorrían las trincheras, alentaban a sus seguidores a vender caras sus vidas. Entre ellos nunca existió la idea de pasarse al lado americano para salvar sus vidas. Por eso las diferencias con Salvador Mercado que desde que emprendió el camino hacia Ojinaga, ya
    bullía en su mente la idea de cruzarse a los Estados Unidos si las cosas se ponían difíciles. Por el contrario, Orozco, Rojas y Caraveo, como buenos “colorados”, no tenían buenos conceptos de los norteamericanos y sabían que estos tampoco les tendrían consideración alguna. Por eso eran los más interesados en pertrechar el pueblo, en arengar a su gente para que a toda
    costa defendieran la ciudad o habrían de perecer en el intento. Estos formaban un grupo más compacto, traían más clara la idea de lo que estaba en juego, sabía lo que les esperaba si caían en manos de la gente de Pancho Villa.
    Esta mezcla de intereses y de ideales, era lo que le dificultaba a Salvador Mercado tener una sola voz de mando. Las intrigas y las desavenencias eran tan comunes que hubo ocasiones en que había dos generales en jefe al mismo tiempo.
    Salvador Mercado recorría a pie la ciudad más que dando órdenes mascullando palabrotas contra sus subalternos que no podían controlar a la gente que se les estaba escabullendo rumbo al río. Marcelo Caraveo, Francisco Rojas y Pascual Orozco al frente de los aguerridos colorados, desde su cabalgadura arengaban a su gente para que no tuviera miedo. Revisaban los fosos cavados por el Barrio de El Chamizal y por la Bajada de los Carretones. Se aseguraban de que no les faltara parque, pero sobre todo de que no les temblaran las corvas a la hora de la verdad. No era lo mismo una batalla donde ellos eran los de la ofensiva, a estar esperando pacientemente al enemigo. Sobre todo dada las características de Ojinaga que estaba asentada en una pequeña meseta y desde lejos se podían observar los movimientos.
    Villa había ordenado dejar libre la salida por el Barrio de los Carretones por la experiencia adquirida en Ciudad Juárez. Sabía que si colocaba a su gente en esta parte de la ciudad, las balas que cruzaran ambos bandos podían ir a alojarse en territorio norteamericano y eso Villa bien sabía las consecuencias. Por eso el cerco sólo formaba como una herradura que dejaba
    libre el espacio del Río Bravo. Pero también lo hacía con toda intención de que al verse invadidos por el miedo de enfrentarse a él, tuvieran una opción de escape.
    La gente de Villa avanzaba de casa en casa, con la rapidez de un asalto. Los de caballería venían atrás rematando lo que quedaba de pie. En la retaguardia venían los Dorados de Villa asegurándose de que nadie diera un paso atrás. Miles y miles de hombres a pie y a caballo fueron avanzando de sur a norte y de oeste a este.
    Después de una incipiente defensa, en franca desbandada la gente de Salvador Mercado corrió despavorida hacia el río y hasta sus oídos les llegaba los gritos de ¡Viva Villa!. Sentían tan cerca las voces que muchos se tropezaban y caían de bruces mordiendo la tierra y escupiendo el miedo. Los que pudieron se levantaron y nuevamente emprendieron veloz carrera y sin ver hacia atrás se lanzaban al río tratando de salvar sus vidas.
    En medio de la confusión, Chico Lares, un jovencito de 16 años que ya había dado muestras de valor a tan temprana edad, se desprendió de la columna que recorría la ciudad revisando el campo de batalla, se dirigió en veloz carrera a la iglesia y echó al vuelo las campanas en señal de que el pueblo había quedado libre de huertistas y que la Batalla de Ojinaga se
    había ganado. Villa molesto por esta acción no ordenada, preguntó por el nombre de aquel jovencito y lo llamó para regañarlo, pero entusiasmado por la valentía, lo animó a que siguiera con el repique de las campanas. El ¡Viva Villa! se escuchaba en toda la ciudad, los gritos y los disparos de fusiles quebraban el aire y el olor a pólvora y a muerte se quedaron para
    siempre en esta frontera que había librado una de las batallas decisivas para el triunfo de la Revolución Mexicana.




    Última edición por delhierro; 29/08/2012 a las 02:41 AM
    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

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    los bigotes de nuestro general Villa seguiran cabalgando por todo nuestro MEXICO por mucho tiempo mas, nuestro MEXICO es el reflejo mismo de cada uno de nostros.

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    Yo soy Miguel DelHierro, si me convida a la funcion mejor ni me invite por que yo se lo que es la funcion, y si me llama a trabajar, mejor ni me llame por que yo se lo que es trabajar.

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