Cobra Silenciadores Caceria-jerry
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    Predeterminado benjamin canales

    alguno de ustedes sabe quien fue benjamin canales? heroe local de esta cd. les anexo el recorte del periodico local

    Zócalo | Acuña



    En la plaza pública Benjamín Canales, se llevó a cabo la ceremonia cívica conmemorativa al 99 aniversario del movimiento armado, registrado en esta frontera.

    Con la presencia de estudiantes de los diferentes niveles educativos, así como de autoridades de diversos niveles y representantes del sector industrial y comercial, se recordó el movimiento armado de “Las Vacas”, hoy Ciudad Acuña, precursora de la Revolución Mexicana.

    Frente al monumento a Benjamín Canales, se rindió honores a la Bandera y en este acto se destacó la gesta heróica del 26 de junio de 1908, cuando un contingente de 150 soldados magonistas pertenecientes al ejército liberal del norte, atacó a los habitantes de la congregación “Las Vacas”.

    El propósito del ejército, era tomar la plaza para convertirla en un bastión de las fuerzas insurgentes, para integrar el ejército que luchó en contra del gobierno del general Porfirio Díaz, a quien le reclamaban libertad de expresión y garantías individuales para los mexicanos.

    En ese año, se encendió la antorcha de la revolución y esto lo destacó el regidor Francisco Borrego Rocha, en el discurso oficial que dio a conocer durante la ceremonia del 99 aniversario del movimiento armado en “Las Vacas”.

    Destacó en su discurso, que la historia del mundo, no es más que la biografía de los grandes hombres, “por ello, los reto a que todos seamos parte de la historia”.
    y aquel que no tenga espada que venda su manto y compre una ( lucas 22,36 )

  2. #2
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    Predeterminado buena pregunta...

    Sera un omonimo un Benjamin Canales,gerente de una empresa estaunidense y que tiene o tenia algo que ver con un coronel de apelido Pereira de guatemala..........

    lo busque en gogle y no aparese algun personaje con ese nombre oriundo de Acuña...............El que te lo puede decir es el sr. presidente municipal,y si no sabe el ( lo tiene que investigar) a huevito jeje.

    tambien aparese ese nombre con un personaje que fue profesor....??
    lo que si es que,....que buena pachaga se aventaron,no cave duda.

    ..................UUUPPSSS..PERDON..........POR NO LEER BIEN ,pense que estavas preguntando.


    Ya que lei bien...................Benjamin Canales ,heroe de acuña........gran personaje de tu tierra, y que en su honor le pucieron su nombre a la plaza de tu ciudad.

    sorry..salu2.......................P.D............ .lo que me extraña es que en gogle no aparese nada de el, tal ves en la pagina de el gobierno del estado tengan su biografia.
    Última edición por Bullseye; 05/07/2007 a las 23:13 PM

  3. #3
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    Predeterminado

    realmente fue un contrabandista, que se encargo de armar el incipiente ejercito de la revolucion mexicana. en uno de los viajes al intentar llevar armas de contrabando de USA a los hermanos magon, tubo un enfrentamiento con los federales en esta ciudad, muerto en en plena plaza de armas, la leyenda dice que ahi mismo fue enterrado. y por ser provedor de armas al futuro ejercicio revolucionario de considera heroe local. saludos
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  4. #4
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    Predeterminado

    Los preparativos.

    Un día después de la acción de Viesca tuvo lugar el levantamiento de Las Vacas. Este levantamiento fue preparado por Encarnación Díaz Guerra, por Jesús María Rangel y por Antonio de P. Araujo, que era el Delegado de la Junta en los Estados de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, y que en Austin, capital de Texas, editaba el periódico Reforma, Libertad y Justicia, que como se sabe era el lema de la Junta, y en cuyas tres palabras estaban simbolizadas entonces las aspiraciones revolucionarias del Partido Liberal.

    Ya para esas fechas, debido a las últimas traiciones sufridas por la insurrección en Torreón y Casas Grandes, todas las poblaciones fronterizas estaban guarnecidas por fuertes contingentes militares, pues desde que el Gobierno descubrió la existencia de la vasta conspiración, el telégrafo -como dice Guerrero- había comunicado órdenes apremiantes a todos los pueblos y ciudades para que las autoridades civiles y militares hicieran cuanto pudieran para sofocar la rerolución ... Pero a pesar de estas difíciles circunstancias, Díaz Guerra, Rangel y Araujo habían podido terminar los preparatiros para este levantamiento a mediados de junio, logrando reunir una buena cantidad de pertrechos así como organizar un grupo de sesenta y cinco combatientes seleccionados entre los correligionarios de la frontera de Coahuila y Texas, entre los que se encontraban los excelentes luchadores Benjamín Canales, Pedro Miranda, Calixto Guerra, Néstor López, Modesto Ramírez, Patricio Guerra, Guillermo Adam, Juan Maldonado, Julián Rodríguez, Emilio Munguía, Antonio Martínez Peña, Pedro Arreola, Basilio Ramírez, Julián Hernández, Joaquín Hipólito, Calixto Ramírez, Pedro Vara, Jesús Longoria, Manuel V. Véliz, Lázaro Alanís, Julián Alvarez, Rafael Barrera, Benito Solís, Pedro Henríquez Guzmán, Hilario de Hoyos, José Torres, Francisco Morales, Froilán Guerra y Eulogio Ortiz.

    Encarnación Díaz Guerra era, como Jesús María Rangel, un viejo luchador que había combatido a los americanos en la época de la Intervención; Benjamín Canales era un joven de veinticinco años que había sido militar y que, como Hilario de Hoyos, como Julián Alvarez, como Néstor López y Calixto Guerra, era periodista; los demás eran comerciantes, mineros, mecánicos o agricultores. todos ellos de firmes convicciones revolucionarias y radicados en distintas poblaciones fronterizas desde hacía algunos años.

    Según me lo comunicó personalmente Antonio de P. Araujo en una entrevista que con él sostuvo en el Hotel Bristol de esta capital, los planes para este levantamiento habían sido discutidos desde dos meses antes en la casa de Julián Alvarez, situada en la población texana de Del Río, que queda separada de Las Vacas únicamente por el Río Bravo. Allí acudían diariamente por la noche Rangel, Canales, Díaz Guerra, Alanís, el mismo Araujo, Calixto Guerra, Néstor López y otros de los más caracterizados miembros del grupo, quienes de acuerdo con las instrucciones que Guerrero le había dado en sus recientes visitas, tomaban secretamente las providencias para empuñar las armas contra la dictadura. Por diversas circunstancias no pudieron entrar en acción el 24 de junio como estaba previsto, pero en la medianoche del 25, después de haber celebrado una junta en que pronunciaron candentes discursos contra la tiranía, Encarnación Díaz Guerra, Néstor López, Rangel y Calixto Guerra, salieron de la casa de Alvarez en pequeños grupos en dirección a la ribera del Río Bravo, en donde otros compañeros les entregaban las armas y el parque que habrían de emplear en el combate.

    En territorio mexicano.

    Cerca de las tres de la mañana del día 26 de junio los rebeldes se encontraban ya en territorio mexicano, no haciendo alto sino hasta llegar a una distancia de unos cuatrocientos metros del cuartel de Las Vacas. En este lugar se dividió el grupo en tres guerrillas, quedando dirigida la del centro por Benjamín Canales, la de la izquierda por Basilio Ramírez y Calixto Guerra y la de la derecha por Díaz Guerra y Jesús María Rangel, indicándose el cuartel como punto de reunión y barriendo con el enemigo que se encontrara en el trayecto. Cuando las guerrillas iban a ponerse en marcha, Rangel gritó con energía:

    ¡Compañeros! ¡La hora tan largamente ansiada ha llegado por fin! ¡Vamos a morir o a conquistar la libertad! ¡Vamos a combatir por la justicia de nuestra causa! (1)

    Se inicia el combate.

    Las tres pequeñas columnas se pusieron en movimiento, llegando poco después al borde de un arroyo. Uno de los rebeldes de la guerrilla de la izquierda descubrió que un grupo de soldados se encontraba cerca, y gritó: ¡Allí están esos mochos!, palabra conque se designaba en aquel tiempo a los por todos conceptos dignos de conmiseración soldados de la dictadura. Al escuchar esa exclamación, los demás revolucionarios atravesaron rápidamente el arroyo con el agua hasta la cintura, y entonces los soldados que estaban tendidos pecho a tierra entre los matorrales, se levantaron en desorden ante la acometida de los rebeldes, buscando, unos, abrigo en las casas, mientras otros desertaban pasando el río a nado para internarse en los Estados Unidos (2).

    Se generaliza la batalla.

    Inmediatamente después las guerrillas avanzaron hacia la población, cuyas calles fueron recorridas en pocos minutos, trabándose combates a quemarropa con el resto de la guarnición, que dividida en varias secciones y protegida por los edificios, pretendió detener a los libertaríos.

    Benjamín Canales, al frente de su guerrilla, llegó en primer término a pocos pasos del cuartel; se parapetó cerca de un sicomoro, y momentos después recibió varias heridas de fusil, que él mismo se curaba con pequeños trozos de estopa. Pero no duró mucho tiempo en el combate: disparando su carabina y dando vivas a la libertad se acercaba a la puerta del cuartel, cuando recibió una bala en medio de la frente, quedando muerto con el cráneo deshecho y los brazos extendidos ...

    Encarnación Díaz Guerra y su fracción sostenían un fuerte tiroteo con un grupo de soldados, quienes fueron impotentes para resistir el ataque y huyeron rumbo al Norte para internarse en los Estados Unidos. Mas no bien había obtenido Díaz Guerra este triunfo, cuando fue atacado de improviso por una valiente mujer, amante de un soldado, que armada con una carabina sostuvo un combate durante algunos minutos, al fin de los cuales se rindió.

    Hacia el norte del cuartel, y protegidos por un jacal, Lázaro Alanís y Jesús María Rangel disparaban sus armas sobre los defensores, pero pronto fueron descubiertos por el Capitán Pérez, jefe de la guarnición, quien seguido por cinco soldados abandonó el edificio, gritando:

    ¡Ora, ora, muchachos, adentro con esos del jacal!

    Y mientras los soldados avanzaban atacando el parapeto rebelde por los dos flancos, el Capitán Pérez, por el frente, se acercó disparando su arma hasta una distancia como de treinta metros del jacal; pero lanzando un grito de dolor cayó en tierra herido gravemente. Los soldados retrocedieron y lo llevaron rápidamente al interior del cuartel.

    Fuertes pinceladas.

    Desalojados repetidas veces los defensores de la tiranía -dice Guerrero-, buscaban una posición que pudiera librarlos del ímpetu de los libertarios, que inferiores en número y armamento, se imponían por su temerario arrojo y su terrible precisión de tiradores. Al principiar el combate los tiranistas llegaban a muy cerca de cien, entre soldados de línea y guardias fiscales; al cabo de dos horas su efectivo había descendido considerablemente por las deserciones y las bajas. En ese primer período, en el cual muchas veces se dispararon las armas chamuscando la ropa del contrario, fue en el que cayó el mayor número de los nuestros ...

    En ese lapso cayó Pedro Miranda, el revolucionario por idiosincrasia a la vez que por convicción, el hombre que según Guerrero era la acción y la firmeza encarnadas en un cuerpo hecho a las luchas de la naturaleza y contra los hombres de la injusticia.

    Néstor López, un joven y talentoso propagandista de la causa revolucionaria, a la que no sólo había ayudado con sus ideas sino también con todo el dinero de que disponía, quedó en tierra con una pierna destrozada en las cercanías del cuartel; Modesto Ramírez, que había escrito en vísperas del combate una Carta Abierta llena de vibrantes anatemas contra la dictadura, cayó también; momentos antes de morir dijo a un compañero que pasaba cerca:

    Hermano, ¿cómo vamos? ... Dame agua y ... sigue adelante ...

    Juan Maldonado, Joaquín Hipólito, Emilio Munguía, Antonio Martínez Peña, encontraron también la muerte luchando con un valor temerario.

    Pedro Arreola también cayó en ese lapso. Guerrero dice refiriéndose a su muerte:

    Pedro Arreola, revolucionario y perseguido desde los tiempos de Garza (3), y por largos años uno de los hombres más temidos por los esbirros de la frontera de Coahuila y Tamaulipas, murió con la frase burlesca en los labios y el gesto del indomable en el semblante. Atravesado por una bala que le rompió la columna vertebral, se esforzaba por alcanzar su carabina que había saltado lejos de él a tiempo de caer; un camarada se acercó y puso el arma en sus manos desfallecientes; sonrió, quiso, sin conseguirlo, colocar nuevo cartucho en la recámara de su carabina; interrogó sobre el aspecto que presentaba la lucha y en medio de su trágica sonrisa deslizó lentamente la última frase de su áspera filosofía: la causa triunfará; no hagan caso de mí; no porque muera un chivo se acabará el ganado.

    Manuel V. Véliz, al verse obligado a abandonar su posición por falta de parque, quedó tendido en tierra atravesado por las balas que salían de una casa cercana.

    Hubo otros muertos -dice Guerrero-, cuyos nombres no he podido recoger; ya en los momentos del combate se unieron a los nuestros. Se dice que uno era de Zaragoza; el otro vivía en Las Vacas, y al sentir el ruido de la pelea y oír las exclamaciones de los combatientes se despertó en él la solidaridad del oprimido; ciñóse la cartuchera, tomó su carabina, se echó a la calle y al grito de ¡Viva el Partido Liberal! se lanzó a pecho descubierto sobre los soldados del despotismo. Una fusilada lo dejó en medio de la calle.

    Por largas cinco horas se prolongó el combate -agrega Guerrero-. Pero después de las dos primeras ya no fueron mortales los disparos de los tiranistas; su pulso se había alterado notablemente, no obstante que algunos tiraban a cubierto. Las carabinas libertarias hablaban elocuentes. Asomaba el cañón de un máuser y en diez segundos la madera de la caja saltaba hecha astillas por las balas del winchester. Aparecía un chacó por alguna parte y presto volaba convertido en criba por los 30-30. Los libertarios estaban diezmados; había muchos heridos; pero su empuje era poderoso, su valor muy grande. Díaz Guerra se batía en primera fila con su revólver; sus viejos años, pasados en el destierro, se habían vuelto de repente los ligeros y audaces del guerrillero de la Intervención. Un fragmento de bala le hirió en la mejilla; otra bala disparada sobre él a quemarropa desde una ventana le atravesó un brazo. Esa herida costó el incendio de una casa. Se avisó que salieran de ella los no combatientes y se le prendió fuego. Rangel sostenía una lucha desigual; solo, en un extremo, tenía en jaque a un grupo de soldados, mandados por un sargento, que recortaban su figura de león enfurecido por el plomo silbante de sus fusiles.

    Por todas partes se desarrollaban escenas de heroísmo entre los voluntarios de la libertad. Cada hombre era un héroe; cada héroe un cuadro épico animado por el soplo de la epopeya.

    Un joven, rubio como un escandinavo, corría de un peligro a otro con el traje desgarrado y sangriento; una bala le había tocado en un hombro, otra en una pierna, abajo de la rodilla; otra en un muslo y una cuarta fue a pegarle en un costado sobre la cartuchera: el choque lo derribó; el proyectil liberticida había encontrado en su camino el plomo de los proyectiles libertarios y saltó dejando intacta la vida del valiente que, puesto de nuevo en pie, continuó el combate.

    Calixto Guerra, herido como estaba, se mantuvo en su puesto con bravura y energía admirables.

    Por el sur del cuartel, Pedro Vara y otros tres rebeldes, disparando sus armas con serenidad extraordinaria, infundían el pánico entre los defensores del edificio.

    Los enemigos -dice Guerrero con punzante ironía- también tuvieron sus grandes hechos; los defensores de la tiranía y la esclavitud se revelaron en sus actos.

    Un grupo de ocho soldados y un sargento se vieron cortados de sus compañeros y acometidos de flanco por el fuego de los rebeldes; junto a ellos estaba el cuartel, pero tenian para llegar a él que cruzar la calle que estaba en poder de los rebeldes. Apurado el sargento por salir de la falsa posición en que lo había metido una de las bruscas acometidas de los libertarios, apareció en la calle agitando un pañuelo blanco en señal de paz, seguido de los soldados llevando los fusiles con las culatas hacia arriba; los rebeldes creyeron que se rendían y los dejaron avanzar, pero de pronto, cuando los traidores esbirros se hallaban próximos a la puerta del cuartel, volvieron los fusiles e hicieron fuego sobre los que habían perdonádoles la vida. Hicieron fuego sin efecto y corrieron a meterse al cuartel, menos tres, que no pudieron llegar. Las balas del 30-30 le evitaron para siempre la repetición de su cobarde estratagema.

    Cómo terminó el combate.

    Ya para las doce del día 26 la población de Las Vacas presentaba un aspecto de ruina y desolación. Los destrozos de las balas se apreciaban por todas partes, en las ventanas, en las puertas, en las fachadas de las casas y de los edificios del Gobierno. En las calles ensangrentadas se encontraban tirados algunos cadáveres de rebeldes y soldados, pero éstos eran en mayor cantidad en el cuartel y sus cercanías, donde los cuerpos estaban casi amontonados en las posturas que el dolor y la desesperación les había impreso al sobrevenir la muerte.

    Para esas horas la guarnición del pueblo estaba tan diezmada que los soldados no llegaban a cuarenta, incluyendo a su capitán herido. Este capitán, justo es decirlo, a pesar de encontrarse luchando entre la vida y la muerte Desde el principio del combate, había dictado con toda entereza y valentía desde su lecho las mejores disposiciones para la batalla, pugnando heroicamente porque sus soldados no abandonaran las últimas posiciones. ¡Lástima de tanto valor sacrificado en aras de la tiranía!

    El parque de los revolucionarios estaba ya totalmente agotado; que de no haber concurrido esta circunstancia, se habrían apoderado de la plaza. Los pocos rebeldes que habían sobrevivido al combate se hallaban con ánimos magníficos para proseguir la lucha; en cambio los soldados, que peleaban únicamente porque la dictadura había puesto en sus manos un fusil y que mataba a sus semejantes sin tener conciencia de sus actos, estaban ya completamente desmoralizados. Jesús María Rangel, secundado por algunos compañeros, haciendo un último esfuerzo por desalojar a los soldados del cuartel y de las casas donde se habían parapetado, inició un postrer ataque con unos cuantos cartuchos que le quedaban; pero al avanzar recibió un balazo en una pierna que lo imposibilitó para seguir luchando.

    La retirada.

    En aquellos momentos Encarnación Díaz Guerra se acercó al viejo guerrillero y le dijó:

    Compañero, todo está terminado; ya no es posible seguir combatiendo ... Vamos a marchar ...

    Y fue entonces, cerca de las dos de la tarde, después de haber sostenido una lucha desigual contra bien equipadas tropas, cuando los rebeldes se vieron obligados a abandonar, junto con muchos cadáveres de sus compañeros, una victoria que ya era suya, y a iniciar la retirada por falta de elementos de combate.

    Los soldados, conformándose con el triunfo de no haber sido desalojados del cuartel y de las casas, no pretendieron perseguir a los revolucionarios.

    Un héroe anónimo.

    Pero aquí refiere Guerrero un hecho insólito; un hecho que pinta con vigorosas pinceladas el heroísmo de un hombre hasta hoy desconocido; de un personaje casi de leyenda que poseído de un valor sobrehumano no quería abandonar su puesto en el combate sino a cambio de la victoria o de la muerte.

    Un rebelde se negó a salir -dice Guerrero-; tenía algunos cartuchos; no iría con ellos sin completar el triunfo; escogió Un lugar y él solo permaneció frente al encmigo hasta las tres de la tarde. La carabina vacía, la cartuchera desierta, se alejó, intocable para las balas, a continuar la lucha por la emancipación. Más tarde el nombre de este héroe, y los de todos los que tomaron parte en la acción de Las Vacas se oirá, cuando de sacrificios y grandezas se hable.

    Hacia el destierro.

    Al retirarse, los revolucionarios se reunieron en las afueras de la población, encontrando que faltaban cerca de veinte compañeros que habían caído en el combate, y que entre los supervivientes que sólo llegaban a unos treinta y cinco, se hallaban algunos heridos como Lázaró Alanís, Encarnación Díaz Guerra, Rafael Herrera, Jesús María Rangel, Melquíades Hernández, Hilario de Hoyos, Calixto Guerra y Francisco Morales.

    Ayudando a los compañeros más gravemente lastimados, los rebeldes emprendieron penosamente la marcha siguiendo de lejos la margen del Río Bravo, y después de haber caminado lo suficiente para perder de vista el caserío de Las Vacas hicieron alto con objeto de curar a los heridos con el agua de la corriente y con unas vendas que llevaban consigo. Momentos después reanudaron la marcha, y tras una peregrinación de largas horas se dispersaron en lugares desiertos para atravesar más tarde la frontera en pequeños grupos y en distintos días, internándose de nuevo en los Estados Unidos para protegerse de la persecución de los cuerpos militares que la dictadura había destacado sobre ellos.

    Pero Díaz Guerra, Rangel y demás compañeros, al vo!Yer al destierro, no se consideraban vencidos ni fueron presa del desaliento por el fracaso sufrido, pues todos sabían que su derrota no había sido más que un incidente de la lucha empeñada en favor de una Revolución que tarde o temprano triunfaría a pesar de todos los escollos que se interpusieran a su paso.
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